El déjà vu negacionista

Dicen que la primera víctima de una guerra es la verdad y también que estamos en guerra contra el Covid-19. Debe de ser por eso que los lugares donde se encuentra la razón, los términos medios y los matices, han desaparecido del discurso. La sociedad se ha polarizado en dos bandos irreconciliables: o negro o blanco. O crees, sin matices, todo el discurso oficial que dice que la salvación única e incuestionable es la vacuna o te pasas al bando conspiranoico negacionista.  

Intentar ponerse en medio es arriesgarse a recibir palos desde ambos bandos, pero creo que voy a hacerlo. Me temo que soy incapaz de afiliarme a ninguno de estos bandos: sus discursos monocolor me resultan llenos de agujeros, incoherencias y razonamientos que, en ocasiones, rayan lo pueril.

Ya he criticado en algunos de mis posts el discurso oficial de la OMS que marca las líneas de actuación de la mayor parte de los países del mundo. Sobre todo, porque he encontrado un agujero inmenso en ese discurso:  la eficacia de la ivermectina. No tiene sentido que, a estas alturas y con todo lo que ya se sabe, no se recomiende a las personas que dan positivo en una prueba PCR nada más que aislamiento y paracetamol hasta que están tan graves que deben ir a un hospital. No encuentro otra razón para no usar el tratamiento temprano de ivermectina que los escasísimos márgenes comerciales que este antiguo medicamento deja a las empresas farmacéuticas. Pensar en las implicaciones morales de esta “desidia” de la OMS pone los pelos de punta, pero las pruebas científicas que avalan ya la evidencia y seguridad de la ivermectina son, sencillamente, apabullantes.

Es probable que el discurso oficial tenga otras grietas. Yo sólo conozco esta. Pero me parece tan profunda que sólo ella ya sirve para dinamitar ese discurso oficial que afirma que las restricciones, las mascarillas y la vacuna son las únicas medidas posibles hasta que uno está tan enfermo que debe ir a un hospital.

Pero también el discurso negacionista me parece lleno de grietas y agujeros enormes y voy a dedicar este post a analizarlas.

¿El Gran Reset?

Hace unos días me llegó el vídeo El Gran Reset , que puede considerarse uno de los más moderados y razonables dentro de los contenidos negacionistas (al menos de los que han llegado hasta mí).

Hay que reconocer que este vídeo habla de verdades que son difíciles de negar. Es bastante obvio que existe algo muy parecido a una elite mundial. Bien podemos imaginar que son, grosso modo, el conocido 0,1% de súper ricos y grandes capitales que lleva décadas concentrando poder al calor de las políticas neoliberales.

También es difícil no darle la razón cuando habla de la escasa pluralidad de la información que nos llega y la concentración de los canales de comunicación en muy pocas empresas. En los últimos meses, por ejemplo, se está haciendo habitual que Facebook, Google o YouTube censuren contenidos sin que se sepan bien cuáles son los códigos de conducta que infringen. No sé si la sociedad ha reflexionado lo suficiente sobre el enorme poder que este monopolio de las plataformas de comunicación ofrece a un puñado de personas y lo fácil que les resulta manipular la información que recibimos miles de millones de habitantes de todo mundo sin dar explicaciones a nadie. 

Y cómo no dar, también, la razón a este vídeo cuando dicen que la base de la sociedad es la comunicación personal, la conversación cara a cara, la calle, los encuentros, jornadas y talleres… todas esas cosas que la pandemia nos está prohibiendo o restringiendo, todo eso que no puede ser sustituido por la frialdad de la videoconferencia.

Pero, después de estos argumentos llenos de sentido común, el vídeo cae en dos tópicos que se repiten en el discurso negacionista y me parecen enormemente peligrosos, : negar la importancia de la enfermedad y asociar el supuesto plan de las élites a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas.

“El virus no existe”

El primer argumento se basa en negar el problema: el virus no existe o no es más peligroso que una gripe. Aunque se puede discutir si el virus es tan peligroso como para adoptar todas las medidas que se han tomado, es muy difícil afirmar a estas alturas que esto es una simple gripe. Dudo que haya muchas personas que a estas alturas no tengan algún amigo o familiar que haya tenido, como mínimo, una convalecencia larga y penosa debida al Covid-19. Desde luego, es imposible negar que este virus está impactando mucho más en la sanidad pública que una simple gripe.

Esta negación del problema indigna, con razón, a las personas que han sufrido por esta enfermedad. De hecho, a veces me da por pensar que es un argumento que han inventado quienes quieren apuntalar las versiones oficiales a base de desatar la ira contra quienes se salen de la ortodoxia.  Soy así de enrevesada y malintencionada, qué le vamos a hacer.

Además, el negacionismo es el argumento que más polariza la discusión en dos bandos blanco/negro e impide el debate sobre los matices. Al negar la existencia del problema, ya no hay discusión acerca de las soluciones. Si el virus no existe: ¿para qué vamos a escuchar a quienes dicen que hay tratamientos más eficaces y baratos que las vacunas? ¿para qué debatir sobre patentes o sobre si la vacunación podría ser de otra forma?  Es cuestión de fe: o crees o no crees. Las personas que creen que el problema existe no tienen nada que discutir con las que creen que el problema no existe y viceversa. Punto final.

Negar el problema, además, desprestigia la búsqueda de alternativas, porque las hace parecer ingenuas. Polariza y desmoviliza. Desde luego, parece un argumento inventado por quienes no quieren que la sociedad se mueva.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible

Pero el segundo argumento, el que asocia el supuesto plan de las élites a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) vinculados a la Agenda 2030 de la ONU, me parece mucho más preocupante.

Resulta extraño que los ODS se asocien con tanta insistencia con la pandemia, la relación no es, desde luego, inmediata. Da la impresión de ser un argumento traido por los pelos para justificar algo. Algunos argumentan que esto tiene que ver con una iniciativa del Foro Económico Mundial (o Foro de Davos) que tiene el mismo nombre que el vídeo que he mencionado al principio, El Gran Reset .

Ésta es una iniciativa muy curiosa que pretende “gestionar el impacto de la crisis del Covid-19 y mejorar el estado del mundo” y viene acompañada de un marketing que evoca la ecología, la cooperación al desarrollo y la ciencia mezclados con toques de activismo social, haciendo mención a los ODS.

Es, desde luego, bastante sensato desconfiar de este tipo de iniciativas que vienen de un lobby de súper ricos. No hace falta ser muy avispado para ver que, tanto esos llamamientos a construir un mundo más ecológico y solidario como la utilización de los ODS, son el marketing con el que este tipo de grupos ha maquillado habitualmente sus políticas neoliberales y extractivistas. Por otra parte, resulta muy curioso que el Foro de Davos incluya esos toques de activismo, da la impresión de que están intentado disfrazar sus iniciativas de movimientos sociales internacionales en un ejercicio de cinismo talla XL.

Es muy triste que los Objetivos de Desarrollo Sostenible (herederos de aquellos otros Objetivos del Milenio que no llegaron a cumplirse) se utilicen como florero para adornar los discursos. Pero, en sí, estos objetivos son estupendos, porque reúnen los valores básicos de democracia y justicia que cualquier sociedad debería tener como objetivo: fin de la pobreza, hambre cero, salud y bienestar, educación de calidad, igualdad de género, reducción de las desigualdades, paz, justicia, protección del clima y los ecosistemas… ¿Quién en su sano juicio puede negar la bondad de estos objetivos? 

Pero el negacionismo, en lugar de desenmascarar esta burda utilización de los ideales clásicos de la ONU, argumenta que las élites mundiales están intentando establecer una dictadura mundial que imponga la ecología y un orden mundial que llaman socialista basado en los ODS. Ahí es donde se produce una perversa asociación de ideas más o menos explícita.

Globalismo

Los primeros movimientos negacionistas que surgieron en marzo de 2020, estaban liderados por personas como Josep Pamiés o Teresa Forcades, que tenían una larga trayectoria de crítica a la industria farmacéutica-agroquímica. Ambos proceden de posiciones anticapitalistas (con un discurso muy sólido en el caso de Forcades) y se pueden colocar políticamente dentro de una izquierda alterglobalización. Es bastante coherente, por tanto, que critiquen las medidas de la OMS porque, por una parte, creen (acertadamente o no) que existen remedios capaces de curar el Covid sin necesidad de recurrir a confinamientos y, por otra, desconfían, como anticapitalistas, de las compañías farmacéuticas y su interés en vender vacunas.

Pero el discurso negacionista ha cambiado estos últimos meses y ya no se basa en la crítica a las farmacéuticas, sino en que la pandemia es una excusa para imponer una dictadura mundial basada en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Puesto que los ODS se basan en ideales globales de justicia social y medioambiental, el discurso termina empujando sutilmente hacia las posturas antagónicas. Ya no hay que temer que la oposición a la pandemia se oriente hacia el peligroso anticapitalismo ecologista de Forcades, ahora se dirige a opciones políticas que molestan menos e interesan más: la ultraderecha.

El discurso negacionista está empezando a hablar de globalismo como hace, por ejemplo, el periodista Lorenzo Ramírez (vinculado a periódicos como Liberad Digital, OK diario y 13TV). El globalismo viene a decir que hay una supuesta élite mundial en la sombra que quiere acabar con los estados nacionales e imponer un estado mundial totalitario. Su idea es que la pandemia, igual que el cambio climático, no son realmente problemas, sino excusas para extender un poder global por encima de los países. Por ello, proponen el liberalismo como solución y defienden los estados nación y la identidad nacional.

Este discurso está lleno de piruetas intelectuales difíciles de tragar, pero, a pesar de su incoherencia se está extendiendo enormemente. Por una parte, califica de socialista y ecologista este supuesto plan autoritario de las élites porque, dicen, se basa en los ODS. Cualquiera que sepa qué es el socialismo jamás lo asociaría a algo creado por élites de súper ricos, pero, como la superficialidad es la tónica de estos tiempos, basta con repetir machaconamente que la izquierda es estalinista para que cualquier cosa que suene a dictadura sea asociada automáticamente a la izquierda. Y basta con asociar las malvadas iniciativas de los súper ricos con ideales sostenibilidad ecológica para condenar el ecologismo y, de paso, cualquier tipo de altruismo.

Por otra parte, no es extraño que hablen de que el estado nación está en peligro cuando, entre las 100 mayores economías del mundo, sólo 31 son naciones y 69 corporaciones, pero es un ejercicio de cinismo considerable que alguien que se llame liberal no reconozca que esta élite de grandes corporaciones no es sino la consecuencia lógica de décadas de políticas neoliberales.

En realidad, este discurso se entiende mucho mejor si usamos las palabras correctas. Porque estos liberales negacionistas no son otra cosa que ultraderecha nacionalista que utiliza la palabra libertad porque vende, sobre todo después de meses de restricciones. Y, por otra parte, es bien conocido que existe una élite global que está fuera del control de los estados, pero esta falta de democracia se describe mucho mejor con términos como dictadura de los mercados o neofeudalismo que con la palabra socialismo. 

Con unas cuantas piruetas intelectuales y un discurso superficial, han conseguido desviar la atención de una ciudadanía cansada de restricciones hacia un discurso aparentemente antisistema y crítico que ni es antisistema ni es crítico, porque termina beneficiando a la ultraderecha nacionalista, que es bastante antigua y ya conocemos bien su amor por la democracia y la libertad.

La culpa es de los rojos y los verdes

Todo esto está cociendo un pastel ideológico que podríamos llamar negacionista extenso en el que al negacionismo del Covid se suma el negacionismo climático y también el habitual negacionismo de los problemas sociales de la derecha. A pesar de su incoherencia, está ganando una popularidad enorme porque es un discurso facilísimo, como demuestran los resultados de las elecciones de Madrid. Porque, a base de aplicar el negacionismo a todos los grandes problemas, se crea un discurso que nos dice todo lo que queremos oír: los problemas no existen, son sólo un invento de las élites que quieren robarnos nuestra libertad

Este negacionismo extenso dice, grosso modo: el virus no existe y sólo es un plan de las élites para restringir libertades, pero, además, tampoco el cambio climático existe, es, también, una excusa de las élites globales para arruinar la economía de los países. Tampoco es preciso decrecer porque el planeta no da más de sí, es un plan de las élites para empobrecer y esclavizar a las naciones; ni debemos tener dietas menos carnívoras porque nos estamos cargando las selvas a base de soja, es un plan de Bill Gates para vender carne artificial. Por supuesto, el pico del petróleo no existe, sino que quieren vendernos coches eléctricos; ni hace falta recordar aquello de que la cantidad de seres humanos que puede soportar la tierra es finita, porque sólo es un plan de Bill Gates para reducir la población, etc., etc., etc.

Todo es muy sencillo. En estos tiempos los discursos ganadores son los más simples, los menos intelectuales, los que explican el Universo entero en un tweet. Ya no hacen falta complejas reflexiones sobre el poder de las corporaciones y las dinámicas del capitalismo, ya no hace falta hilar fino en los insidiosos equilibrios ecológicos y de justicia social. Además, las compañías farmacéuticas pueden seguir haciendo su agosto y los mercados pueden respirar tranquilos porque la ira de la ciudadanía cansada y frustrada ya no se orienta hacia ellas sino hacia una difusa élite en la sombra que, repentinamente, se ha vuelto aliada de los ecologistas y su cambio climático y los comunistas que restringen las libertades.

La culpa es de los chivos expiatorios de siempre: los rojos y los verdes. Todo arreglado.

Déjà vu 2011

Todo lo que está pasando en los últimos meses me está empezando a producir una extraña sensación de déjà vu: esto lo hemos vivido antes. Exactamente hace 10 años. 

En mayo de 2011 la burbuja inmobiliaria estallaba y la ciudadanía se despertaba abruptamente de décadas de adormecimiento. La idea básica que transmitían los primeros vídeos del 15M era muy similar a la que ahora difunde el negacionismo: despierta, ¡nos están engañando!

En aquellos momentos, una parte de la ciudadanía salió a las calles y escuchó mensajes que habían estado vetados durante décadas en los medios de comunicación. Muchos se dieron cuenta de que la corrupción había campado a sus anchas en la política española y de que, en gran medida la culpa era suya, por haber abandonado durante décadas la política de base.  Todo ello empezó a articular un movimiento político muy fértil con capacidad para conmocionar las estructuras de poder que, además, estaba recogiendo el testigo de movimientos sociales de otras décadas.

Pero otra buena parte de los indignados sólo quería volver al despreocupado consumismo de antes, pensaba que acababa de inventar la historia y no aprovechó nada de las lecciones del pasado. Esto los hizo muy fácilmente manipulables por los medios de comunicación, que en aquellos meses machacaban aquello de la culpa es de ZP. Por ello votaron, simplemente, en contra de quien estaba en el poder en ese momento y en las elecciones de noviembre de 2011, España saltó de la sartén al fuego poniendo en el poder al partido más culpable de la burbuja, el que más agravaba los errores del pasado y el que más había robado.

Déjà vu 2021

Diez años más tarde, la pandemia empieza a mostrar sus trapos sucios. Empezamos a ver los contratos llenos de tachones de las vacunas, las investigaciones pagadas con dinero público protegidas con patentes privadas y vemos que nuestras vidas están condicionadas por una institución cuya financiación hace años que está en manos de corporaciones multinacionales. Si se confirmase el escándalo de la ivermectina y descubriésemos, por ejemplo, que la pandemia podría haber estado controlada en junio de 2020 si la OMS hubiera permitido usar este baratísimo medicamento, tendríamos un panorama ideal para desatar un movimiento global, no de indignados, sino de indignadísimos.

Esto podría llevarnos a reflexiones muy fértiles acerca de hasta qué punto el poder de las corporaciones farmacéuticas ha corrompido las instituciones internacionales, los gobiernos y los medios de comunicación. Podría hacer que se hablase, por ejemplo, de la necesidad de crear empresas farmacéuticas estatales o de formar organismos internacionales que, con dinero público, financiasen investigación libre de patentes.

El debate sería todavía más fértil si nos diéramos cuenta de que ya en los años 90, el discurso  alterglobalización de Vandana Shiva denunciaba cosas muy parecidas. Ya entonces se hablaba de que la biotecnología era ideal para patentar y permitir a las grandes corporaciones monopolizar mercados y esto estaba causando la ruina de millones de familias campesinas. Se hablaba también de la necesidad de que la investigación fuera un bien público internacional no sometido a patente, porque todos los descubrimientos científicos han sido posibles con la colaboración de innumerables esfuerzos de gobiernos y personas de todo el mundo.

Todo esto podría hacernos ver, como vimos en 2011, que buena parte de la responsabilidad ha sido nuestra, porque hemos abandonado durante décadas la política global dejando a los mercados y las corporaciones como los únicos actores. Porque, si los sindicatos y partidos políticos de izquierdas de los países de la OCDE hubieran apoyado las iniciativas del movimiento alterglobalización de los años 90, ahora no tendríamos que enfrentarnos a problemas globales tan enormes ni a un poder de las corporaciones tan exento de cualquier mecanismo de control democrático.

Pero me temo que en estos momentos ni siquiera los datos más escandalosos serán capaces de desatar una ola de indignación popular, porque el nivel de manipulación es mucho mayor que en 2011. Y lo peor es que, si esta ira se desatase, sería la ultraderecha la que terminaría llevándose el gato al agua. En nombre de la libertad saltaríamos de la sartén al fuego como ha hecho Madrid y votaríamos a los más autoritarios de todo el espectro político… lo cual, irónicamente, allanaría el camino a ese supuesto gobierno mundial antidemocrático que querían evitar.

Lo único que podría salvarnos sería salir nuevamente a las plazas para hablar directamente con nuestros vecinos y vecinas sin televisiones, periódicos, radios y redes que nos digan lo que tenemos que pensar, pero dudo que seamos capaces de hacerlo.

Otra agenda global es posible

Yo no sé si, de repente, las élites capitalistas se han dado cuenta de que el cambio climático va en serio y están intentando hacer lo que dice el negacionismo: imponer una agenda global autoritaria que evite el colapso ecológico; es decir, un ecofascismo. Desde luego, lo extraño es que a estas alturas queden seres humanos, ricos o pobres, que no sean conscientes de la gravedad de los problemas ambientales.

Pero es absurdo negar la realidad. El Gran Reset no debería ser una iniciativa de ninguna élite, sino el discurso habitual de todos los movimientos sociales y los partidos políticos del mundo desde hace décadas. Hace ya bastantes años que sabemos que esto no puede continuar. Estamos sobrexplotando todos los recursos que sostienen nuestra vida y deberíamos haber hecho ya un reseteo a este modelo socioeconómico que no nos deja ser sostenibles. No sólo no lo hemos hecho, sino que, a estas alturas, todavía hay quien sigue creyendo que el cambio climático es una excusa de una conspiración de súper ricos…

También hace décadas que deberíamos haber desarrollado mecanismos eficaces de coordinación supranacional para tratar los problemas globales, tanto ambientales como sociales, porque estos problemas, o se resuelven a escala global, o quedan sin resolver. Huir de cualquier coordinación internacional y refugiarse en los estados nación, como proponen los liberales negacionistas, es meter la cabeza bajo el ala.

Necesitamos soluciones globales, pero también necesitamos soluciones democráticas. Por eso es muy decepcionante que la pandemia esté polarizando las opiniones en dos discursos maniqueos y que nos hayamos resignado a verlos como los dos únicos posibles. O bien se acepta sin fisuras el discurso oficial que no admite ninguna crítica a las corporaciones farmacéuticas o bien se niegan todos los problemas y se ven conspiraciones en todo. O la globalización de las corporaciones o el nacionalismo de la ultraderecha… ¿hay algún camino intermedio?

Debe existir una tercera vía. Debemos buscar formas de coordinación supranacional que incorporen mecanismos democráticos, tanto a través de los estados nacionales (como intentó hacer inicialmente Naciones Unidas) como mediante el contrapoder de las organizaciones sociales (como proponía el movimiento alterglobalización).

Por eso es importante que aparezcan voces equilibradas, racionales y libres de intereses que analicen todos los aspectos turbios de esta pandemia. Es preciso salir de este maniqueísmo blanco/negro en el que se han encasillado los discursos. Sólo así podremos desenmascarar, tanto la manipulación que la ultraderecha ha introducido, como la corrupción de las compañías farmacéuticas y encontrar soluciones que realmente defiendan los intereses de la ciudadanía global.

2 Respuestas a “El déjà vu negacionista

  1. Muchas gracias Por tusvreflexiones! El que hacer ahora para no caer en el abandono y dejarme caer en la corriente, juzgo peligrosa.

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  2. Muy acertado el articulo. Otra evidencia de la corrupcion es que el pasaporte vacunal sea para marcas vacunales determinadas y no para todas las de uso mundial . O la persistencia en ocultar efectos adversos graves de algunas avaladas por la EMA.

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