Agroecología para alimentar al mundo

(Capítulo del libro Ecología en Tres Dimensiones, editado por la Comisión General de Justicia y Paz, marzo 2019)

Crisis ecológica, crisis energética, crisis de civilización. Cada día se hace más evidente que estamos viviendo un momento de intensa crisis ecológica,  social y energética; una crisis que no tiene precedentes en la historia humana por su globalidad, ya que afecta a todas las sociedades y a todos los ecosistemas del Planeta.

Al cambio climático y la pérdida de biodiversidad, problemas ampliamente asumidos, se suma un problema igualmente grave pero menos conocido: la crisis energética y el declive del petróleo. A pesar de que la producción de petróleo mundial todavía no ha empezado a bajar, cada día es más evidente que este combustible fósil está dando muestras de agotamiento. Esto confirma las predicciones de los científicos que sostienen la teoría del pico del petróleo (peak oil), la cual afirma que la extracción de petróleo sigue una curva con forma de campana, de forma que cuando se ha extraído aproximadamente la mitad de las reservas, la producción se estanca y empieza a caer.

Desde el año 2006 la producción del petróleo barato y fácil de extraer –lo que se conoce como petróleo convencional– no ha conseguido aumentar por encima de los 74 millones de barriles diarios, a pesar de los altos precios de esta década. La creciente demanda se ha conseguido cubrir a base de los llamados petróleos no convencionales, como los extraídos por fractura hidráulica (fracking) y las arenas asfálticas. Este tipo de recursos tienen técnicas de extracción enormemente contaminantes, muy bajo retorno energético y costes elevados. El que este tipo de petróleos se esté produciendo es señal de que el petróleo fácil de extraer se está agotando y lo que queda es lo que podemos llamar “chatarra energética”: recursos caros, de extracción difícil y con unos impactos ecológicos brutales.

Ante la posibilidad de que las predicciones científicas que hablan del peak oil se cumplan esta misma década y que un fenómeno similar se vea unos años más tarde para la extracción de gas, urge encontrar sustitutos a estos combustibles que ahora mismo aportan más del 50% de nuestra energía primaria. Sin embargo, la sustitución de estos recursos por energías renovables no es sencilla ni rápida. Los estudios realizados por nuestro grupo de investigación,  denotan que la llamada Transición Energética no se está realizando a la velocidad necesaria y, no va a poder ser solucionada con medidas exclusivamente técnicas.

Además de invertir en electricidad de fuentes renovables (eólica, fotovoltaica, etc.) urge reducir el consumo, apostar por un cambio profundo en las formas de vida y reducir nuestra enorme dependencia de los combustibles líquidos (cuya sustitución por fuentes renovables es muy problemática). Todo apunta a que la crisis energética no va a poder ser solucionada únicamente cambiando de un tipo de energía (fósil) a otro (renovable): va a ser necesario también buscar otras formas de moverse, otras formas de construir ciudades y viviendas, y, sobre todo, otras formas de cultivar la tierra y alimentarnos.

Por ello, debemos hablar no solamente de una Transición Energética –como ya se está haciendo desde algunos gobiernos– sino de una amplia Transición Ecosocial. Si esta transición no se realiza e intentamos seguir con el crecimiento de décadas pasadas en un mundo más poblado y con muchos menos recursos de todo tipo, la catástrofe económica y humanitaria está servida. Por eso no son exageradas las advertencias de quienes hablamos del posible colapso de la sociedad global.

Alimentación y energía.  La alimentación es un sector clave en esta Transición Ecosocial. Por una parte, es uno de los sectores más dependientes de los combustibles líquidos; pero, por otra parte, es el sector más esperanzador, porque tiene una capacidad transformadora enorme y existen alternativas que están consiguiendo resultados francamente buenos.

La llamada “Revolución Verde” de los años 60 transformó radicalmente la forma de producir alimentos que, hasta entonces, estaba basada en recursos locales y en el trabajo físico. Los rendimientos agrícolas se duplicaron y el trabajo del campesinado disminuyó enormemente pero el precio que hubo que pasar por ello fue elevado. La agricultura se volvió una actividad dependiente de los combustibles fósiles debido al gasóleo para la maquinaria agrícola y a que abonos y pesticidas son sintetizados con petróleo y gas natural. A mayores, las técnicas de la “Revolución Verde” causaron enormes problemas ambientales: envenenamiento de la fauna y flora silvestre, eutrofización de los ríos, pérdida de suelo fértil, etc. El actual modelo alimentario es una de las principales causas del cambio climático y la destrucción de la biodiversidad –si no la más importante— y el motor de la destrucción de las selvas tropicales (entre otras cosas por la presión de la soja, imprescindible para mantener el actual modelo ganadero).

En general podemos decir que la “Revolución Verde” hizo de la agricultura, que era una actividad local gestionada por campesinos y campesinas, una actividad dependiente de la industria y el petróleo. Los abonos, semillas y conocimientos empezaron a venir de la industria, los estiércoles dejaron de reciclarse y se convirtieron en contaminantes y la comercialización se hizo global hasta tal punto que los alimentos viajan miles de kilómetros antes de llegar a nuestras mesas, con el consiguiente derroche de energía que ello supone.

Tampoco las consecuencias sociales de este modelo son demasiado positivas. Las comunidades campesinas tradicionales de los países en desarrollo, capaces de alimentarse a sí mismas y vender sus excedentes en mercados locales, fueron sustituidas por grandes explotaciones agroindustriales que emplean a unos pocos jornaleros y expulsan al resto a los cinturones de miseria en las ciudades. La agricultura industrializada y global, a pesar de sus grandes producciones, no ha sido capaz de eliminar el hambre del mundo. Es un modelo que disminuye el número de personas capaces de alimentarse y empuja a los campesinos a las ciudades, donde la industria y los servicios no siempre son capaces de proporcionar salarios para comprar alimentos.

A mayores, el modo de vida occidental se han contagiado a otras culturas, y las dietas ricas en carne han desplazado las tradiciones culinarias basadas en alimentos vegetales. Esto ha multiplicado la cantidad de tierras necesarias sin mejorar la calidad de vida de las personas, más bien al contrario: las dietas se han hecho menos saludables y ambientalmente mucho más costosas.

Punto de bifurcación en la agricultura mundial. En esta década, el precio de los insumos agrícolas ha experimentado un aumento constante, impulsado por las subidas del precio del petróleo. Esto hace que el modelo agroalimentario entre en crisis. En estos momentos estamos viendo dos tendencias opuestas que, en cierta forma, intentan hacer frente a esta crisis: el aumento de la intensificación, por una parte, y la agroecología por otra.

Este año se ha disparado el número de grandes explotaciones ganaderas que están solicitando permisos de instalación en nuestro país. La llegada de las macrogranjas está encontrando una importante resistencia debido a sus impactos ambientales (más concentrados y, por tanto, más difíciles de tratar) y sociales (reducción de puestos de trabajo en el sector). Estas grandes explotaciones consiguen aumentar los márgenes debido a la reducción de mano de obra, pero agravan todavía más los problemas ecológicos: mayor cantidad de transporte, mayor dependencia de la soja, mayor hacinamiento, etc. Por ello, pueden ser una estrategia valida a corto plazo para compensar el encarecimiento de los insumos, pero a largo plazo no hacen sino ahondar todavía más la insostenibilidad del sector.

También se habla de tecnologías como los transgénicos, los cultivos acuapónicos, la carne artificial, los robots cultivadores, pero… ¿es esto la agricultura del futuro cuando el siglo XXI viene condicionado por una severa crisis energética y ecológica? Aunque los datos del balance energético de este tipo de alternativas todavía no pueden analizarse, estas técnicas no hacen sino añadir todavía más insumos industriales a la producción agraria, lo cual la hace más insostenible, más dependiente de la industria y más frágil frente al declive fósil.

La segunda alternativa es lo que se ha llamado agroecología, y propone un modelo radicalmente diferente cuyo énfasis se centra en la sostenibilidad de todo el proceso agrícola.  La agroecología va un paso más allá de lo que conocemos como agricultura ecológica (que se limita a no utilizar abonos y pesticidas de síntesis y garantizar el bienestar animal) y busca la sostenibilidad en todos los eslabones de la cadena: conservación y regeneración de los suelos, minimización del consumo energético, reducción de transporte, fomento de la biodiversidad, creación de empleo digno en el campo, etc. Al hacer del ahorro energético uno de sus objetivos, la agroecología es un modelo mucho más resiliente frente al agotamiento del petróleo que el modelo actual. Para conseguir todo esto se basa, por una parte, en buenas prácticas tradicionales que en su día se arrinconaron y, por otra, en los descubrimientos científicos más modernos sobre el comportamiento de plantas, animales y ecosistemas.

Imposible, dijeron. Ya lo estamos haciendo, contestamos. Uno de los argumentos más habituales que se escuchan en contra de la agricultura ecológica es que, supuestamente, tiene bajos rendimientos. Este argumento se basa en la creencia de que el modelo químico industrializado es el único capaz de proporcionar los altos rendimientos que son necesarios para alimentar a una población mundial que rondará los 9500 millones a mediados de siglo. También se apoya en el cliché que asocia la agricultura ecológica al pasado, asumiendo que significa volver a las producciones de los años cincuenta y al duro trabajo del campo de nuestros abuelos y abuelas.

Los datos científicos desmienten este argumento. Un meta estudio publicado por investigadores de la Universidad de California en 2016 que analiza 115 estudios con 1071 comparaciones entre producciones ecológicas y agroquímicas encuentra que las diferencias de rendimientos son muy poco significativas [1]. La disminución media de rendimientos de cultivos ecológicos respecto a los químicos está entre el 15% y el 23%, pero disminuye al 8% o 9% cuando se utilizan técnicas de policultivo y rotaciones. Este resultado es muy positivo para la agricultura orgánica, sobre todo si se tiene en cuenta que la investigación de estas décadas ha estado volcada casi exclusivamente hacia la agricultura agroquímica, mientras los avances en agricultura ecológica han sido llevados a cabo por los propios agricultores con el apoyo puntual de científicos de universidades públicas.

A mayores, los defensores de la agroecología defienden que las propiedades nutricionales de los alimentos ecológicos son mayores[2] [3]y denuncian que los insumos de la industria química no son en absoluto necesarios y sólo los círculos viciosos que crea la propia industria hacen que los productores no sepan cultivar si ellos. Los fertilizantes minerales, argumentan, vuelven a las plantas vulnerables frente a los parásitos, lo que hace necesario el uso de plaguicidas. El abuso de venenos y el arado profundo desequilibran los suelos, matan los microrganismos y especies simbióticas y oxidan la materia orgánica[4]. Todo ello destruye los mecanismos naturales que nutren y protegen a las plantas, con lo cual se hace “necesario” aportar abonos y plaguicidas externos.

Según los defensores de la agroecología, la industria encadena a los agricultores a la compra de insumos dependientes del petróleo que no son necesarios cuando se realiza una buena gestión del suelo. El único insumo necesario para la agroecología es un buen conocimiento de los mecanismos de la naturaleza, porque la clave está en aprender de los ecosistemas e imitar sus fantásticas “tecnologías”, en lugar de imponer a la naturaleza las dinámicas industriales, como hace la agricultura química industrializada. El conocimiento científico acerca de todos estos mecanismos simbióticos entre plantas, hongos, bacterias y animales es relativamente reciente. Contrariamente a lo que se suele pensar, es la agroecología la que se basa en los descubrimientos científicos más avanzados, no la agricultura química ni los transgénicos

Por ello, es cada vez más evidente que la agricultura ecológica es el mejor modelo para alimentar a la humanidad en el siglo XXI. Esto está siendo afirmado ya por agencias internacionales como la FAO, que en su informe de 2013 afirma: “Tanto los países en desarrollo como los desarrollados necesitan un cambio de paradigma en el desarrollo agrícola: de la “revolución verde” a un enfoque de “intensificación verdaderamente ecológica”. Esto implica un cambio rápido y significativo de la producción industrial convencional, basada en el monocultivo y con altos insumos externos, hacia mosaicos de sistemas de producción sostenibles y regenerativos que también mejoran considerablemente la productividad de los pequeños agricultores.[5]

El simple hecho de dejar de usar insumos de la industria química puede representar ahorros de más del 50% en la energía usada en el cultivo, entre la embebida en los fertilizantes y la ahorrada en uso de maquinaria[6], pero cuando se va un poco más allá y se aplican técnicas avanzadas de agroecología, los resultados son todavía más prometedores.

La agroecología tiene como uno de sus puntales el cuidado de los suelos y por ello una de las técnicas más importantes que propone es la siembra directa. El arado de la tierra es uno de los motivos que han hecho que, desde el Neolítico, la agricultura humana sea insostenible. Abrir la tierra hace que el suelo quede expuesto a la erosión del aire y la lluvia y pierda su materia orgánica. Así como los suelos de los bosques, gracias a la acción simbiótica de animales, plantas, hongos y bacterias se van formando desde la roca desnuda y van aumentando su profundidad año a año, los suelos agrícolas tienden a degradarse. Esto ha empujado a la humanidad a un patrón de insostenibilidad: por una parte, la población humana crece y por otra los suelos agrícolas pierden fertilidad.  Esta dinámica ha empujado siempre a la humanidad a la conquista de nuevos territorios, la guerra y la hambruna.

La siembra directa ecológica (sin uso de herbicidas) se está experimentando para paliar este problema. Consiste en el cultivo extensivo sin arar la tierra, con un uso mínimo de maquinaria y en algunos casos apoyada por el ganado (en otros no). Los resultados de algunos casos de estudio son realmente esperanzadores, ya que demuestran que es posible cultivar los granos básicos que alimentan a la humanidad con rendimientos similares a los actuales, regenerando los suelos y con ahorros notables de energía en todo el proceso.[7] Si estas técnicas consiguen extenderse a todos los cultivos y climas estaríamos ante una auténtica revolución tecnológica que corregiría defectos que la agricultura lleva arrastrando desde el Neolítico.

Otra de las técnicas prometedoras es el pastoreo racional (PRV) o manejo holístico del ganado. Esta técnica imita el comportamiento de las manadas de herbívoros salvajes y sus promotores argumentan que aumenta espectacularmente la materia orgánica de los pastizales.  A pesar de que todavía existe controversia sobre este asunto, lo que sí consiguen estas técnicas es aumentar la producción sin degradar los pastizales, e incluso, regenerando sus suelos.

Así como la ganadería industrializada es una amenaza para los bosques tropicales y una de las principales fuentes de emisiones de gases de efecto invernadero, un ganado extensivo bien gestionado puede volverse una potente herramienta para regenerar suelos.  Cambiar nuestra actual dieta, rica en carne de producción industrializada, por una dieta basada en proteínas vegetales y completada con un consumo puntual de carne de ganadería regenerativa es, pues, una de las medidas más positivas que podemos tomar para reducir nuestro impacto sobre el Planeta.

Inercias y esperanzas. Estamos en un momento de profunda crisis climática, energética y económica, una crisis sistémica muy compleja que puede llevarnos a caer en la desesperación y confiar en falsos espejismos de salvación totalitaria, sobre todo si creemos que el sustento básico del ser humano, la alimentación, puede faltarnos.

Sin embargo, también ésta es una época de esperanza, porque muchas de las alternativas que durante décadas se han venido experimentando están dando buenos resultados y convirtiéndose en realidades enormemente esperanzadoras. La agricultura ecológica y la agroecología ya han demostrado que podemos producir una cantidad de alimentos similar a la actual utilizando una fracción de la energía fósil y sin necesidad de volver a los agotadores trabajos de siglos pasados. También nos demuestran que no tiene sentido explotar, envenenar y arrasar la naturaleza entera. No es necesario elegir entre la alimentación humana y el cuidado del Planeta: podemos combinar ambas cosas si sabemos cambiar nuestra forma de pensar y actuar.

Estamos empezando a experimentar el cambio climático y el declive del petróleo y todavía tardaremos unas décadas hasta que la población mundial pueda estabilizarse. Esto nos coloca en una situación muy delicada. Debemos cambiar rápidamente el actual modelo agroalimentario, generador de cambio climático, derrochador de petróleo y destructor de los ecosistemas, por un modelo regenerativo, ecológico y respetuoso con la biodiversidad. La buena noticia es que podemos y sabemos cómo hacerlo y sólo las inercias derivadas de los intereses industriales están demorando la aplicación generalizada de estas nuevas técnicas tan prometedoras.

Pero antes de poder disfrutar de las ventajas de este nuevo modelo agrícola debemos cambiar algo muy importante: nuestra creencia de que la naturaleza es algo inferior que debe ser corregido mediante la tecnología humana y puede ser manipulado y explotado. Debemos empezar a ver la naturaleza como lo que es: un ente vivo del que cual depende nuestra supervivencia, del que podemos aprender mucho y al que debemos respetar para poder establecer con él una simbiosis cooperativa.   Una vez asumido este cambio de mentalidad es sencillo firmar las paces con el Planeta y conseguir alimentar a la población humana regenerando, a la vez, la fertilidad de la tierra.

Marga Mediavilla.

 

[1] Ponisio LC, M’Gonigle LK, Mace KC, Palomino J, de Valpine P, Kremen C. 2015 Diversification practices reduce organic to conventional yield gap. Proc. R. Soc. B 282: 20141396. http://dx.doi.org/10.1098/rspb.2014.1396

[2] http://www.elblogalternativo.com/2011/02/24/la-ciudadania-no-es-consciente-de-las-carencias-de-la-alimentacion-convencional-entrevista-a-la-experta-dolores-raigon-y-su-libro-en-pdf/

[3]https://www.juntadeandalucia.es/opencms/opencms/system/bodies/contenidos/publicaciones/pubcap/2007/pubcap_1927/Alimentos_ecologicos.pdf

[4] Una buena explicación de todos estos mecanismos se puede ver en la charla de Jairo Restrepo http://www.agriculturaregenerativa.es/viviendo-la-dehesa-con-jairo-restrepo-la-trofobiosis-lanzamiento-de-clases-grabadas/

Documento sobre la teoría de la trofobiosis. https://es.scribd.com/document/264637653/Restrepo-Rivera-Jairo-Ing-agro-Teoria-de-La-Trofobiosis-Y-Los-Marouts#download

[5] https://unctad.org/en/pages/PublicationWebflyer.aspx?publicationid=666(traducción propia)

[6]http://www.eis.uva.es/energiasostenible/?p=3215&utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=comparacion-de-una-ganaderia-agroecologica-con-otra-agroindustrial

[7] En la web de la asociación Agricultura Regenerativa Ibérica se puede encontrar este caso de estudio documentado http://www.agriculturaregenerativa.es/por-que-y-como-cultivar-cereal-sin-labranza-ni-venenos-caso-real-de-un-productor-iberico-asesorado-por-el-profesor-pinheiro-machado/

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3 Respuestas a “Agroecología para alimentar al mundo

    • El problema es, Mjesus, que no todos te van a hacer caso y, con esa medicina, vete a saber quién nos gobernaría. Yo apuesto a que la ultraderecha, esos que todavía siguen teniendo esperanza en que las cosas puedan volver al pasado (idealizado).

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