Política para tiempos de invierno

El éxito de Vox en las elecciones andaluzas nos avisa de que el invierno ha llegado a la política española. Si hace dos años el tiempo político se asemejaba al otoño como decía en mi post Tiempo de descomponedores, (por toda la podredumbre que inundaba nuestra vida pública), ahora podemos decir claramente que estamos en invierno, estación que en la tradición china se asocia a la emoción del miedo.

Como escribía hace unos días mi paisano Juan Peña el auge de la derecha se puede atribuir fácilmente a la precariedad y zozobra en la que nos han sumido, tanto la crisis económica como las múltiples crisis de este siglo. A la precariedad de los empleos que se suma la inestabilidad de las convicciones, el cambio de los roles de género, la amenaza del cambio climático, y, como guinda, el miedo a perder la nación española. Es normal que el votante intente anclarse buscando seguridades y es lógico que se sienta atraído por esta “nueva” derecha que se viste de todos los símbolos que evocan la tierra. Las imágenes que escogen los vídeos de Vox son muy reveladoras a este respecto porque todas apuntan hacia esa dimensión terrestre: el hombre en la montaña, el trigo, la horizontalidad total y marrón de la llanura, los hombres a caballo, las botas, la boina

Lo malo es que –como suele suceder en esta época de marketing y vidas virtuales– los políticos y sus votantes se quedan en los símbolos, pero no tocan la tierra real, ni miran hacia la tierra real, ni van a la raíz material de los problemas. Esto no es nada original: siempre ha sido más fácil quedarse en los mitos que bajar a las realidades.

También en 1898, cuando España perdió la base colonial que alimentaba su sociedad, los intelectuales evocaron a Castilla, la región con más símbolos de tierra en el imaginario español. Con ello intentaron reconstruir la nación espiritual, pero poco se hizo en aquella época para reconstruir la nación material que se quedaba, súbitamente, sin las fértiles tierras de ultramar y tenía que volver a depender de la energía que podía suministrarle su frágil campesinado. Ahora la derecha utiliza símbolos como la tradición taurina, el patriarcado y la religión para reconstruir de nuevo la patria espiritual, pero, en lo material, sigue ofreciendo las recetas económicas de siempre: las que, en los últimos veinte años, nos han servido para inflar burbujas y aumentar la desigualdad.

Sin embargo, al contrario que Juan Peña, creo que la solución no debe ser, únicamente, acostumbrarnos a cabalgar la incertidumbre: debemos escuchar esta necesidad de seguridad que las elecciones andaluzas han puesto en evidencia. El miedo puede ser paralizante y fuente de numerosas neurosis, pero es esencial para conservar la vida. Debemos ofrecer soluciones a la zozobra que vive esta sociedad y eso solo puede hacerse reconociendo que el clima invernal es una realidad y, por tanto, debemos prestar especial atención a la tierra energética que nos sostiene.

El clima invernal es una metáfora de un mundo con energía en declive. Es ya evidente que tenemos problemas muy serios con la energía, pero la clase política sigue resistiéndose a hablar de crisis energética. Se intenta acometer una transición que nadie entiende, sin explicar que las verdaderas razones de la misma van mucho más allá del cambio climático. Mientras tanto, el descenso de la tasa de retorno energético lleva 10 años minando nuestras sociedades, haciendo más difícil el crecimiento económico y más complicada la vida de las personas y las familias.

Por eso necesitamos recuperar urgentemente nuestra tierra, entendida en sentido amplio como la capacidad de obtener y conservar la energía para nutrir nuestra economía. Pero no seremos capaces de alimentar la economía si seguimos encerrados en los paradigmas de las teorías económicas keynesianas, liberales o marxistas del siglo XIX  y XX que desprecian el papel de la energía, los recursos naturales y la biosfera en todo el proceso económico.

La izquierda necesita incorporar urgentemente el ideario que nos permita contemplar la dimensión física de la economía y esto sólo puede conseguirse por medio de la economía ecológica o biofísica, la única que reconocen la importancia de la energía en el proceso económico. Si no lo hace seguirá sin convencer a sus votantes porque no sabrá explicar los desconcertantes cambios y las insidiosas dinámicas de este siglo marcado, sobre todo, por el choque contra los límites del crecimiento.

Sólo si la economía se contempla desde el punto de vista biofísico podremos empezar a hablar de Transición Energética y explicar a la ciudadanía por qué es inexcusable. Sólo desde el punto de vista de la economía ecológica podremos, también, detectar las ventajas y desventajas que el cambio hacia una sociedad más ecológica puede tener.

Podremos, por ejemplo, acometer políticas que reduzcan drásticamente el uso del coche, pero sólo serán populares si ofrecemos alternativas y explicamos muy bien cuál es la factura que ahora pagamos por la gasolina. Además, deberíamos diseñar planes estratégicos para sustituir los sectores productivos ligados al automóvil, sabiendo que debemos independizarnos de ellos porque son sectores muy frágiles frente al pico del petróleo, no únicamente porque el automóvil contamina.

Podemos fomentar el autoconsumo fotovoltaico y la eficiencia térmica en edificios, pero estas políticas sólo serán efectivas si la población entiende que el ahorro le beneficia económicamente y el gobierno es capaz de resistir las presiones de las empresas interesadas en vender energía.

Podemos también recuperar el medio rural y ayudar a agricultores y ganaderos a sobrevivir al constante aumento de los insumos derivados del petróleo a base de fomentar la agricultura ecológica. Esto también permitiría regenerar nuestros suelos, amenazados enormemente por el cambio climático. Pero todo ello necesitaría una gran labor de educación y resistir las presiones de la industria agroquímica, que no está interesada en absoluto en estas técnicas.

Sólo estas nuevas ideas de la economía biofísica son capaces de reaccionar ante el siglo XXI que se vislumbra completamente diferente a los anteriores. La derecha se ha sabido adaptar a este tiempo de incertidumbre recurriendo a mitos culturales y a la supuesta estabilidad que da lo conocido. La izquierda no tiene otra forma de adaptarse más que siendo valiente y hablando claramente de la realidad energética. Porque es esa realidad energética la que explica prácticamente todas las crisis que estamos viviendo en estos momentos, crisis que hacen que los votantes se agarren al primero que les vende una imagen de estabilidad, incluso cuando esta imagen no está basada en realidades sino en quimeras y mitos del pasado.

 

También publicado en el blog Última Llamada de El Diario

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Una respuesta a “Política para tiempos de invierno

  1. muy bueno el artículo, lo difundí y abrí hilo de discusión. Ahora bien, me parece que seguir apelando a que la izquierda asuma la economía ecológica es una pérdida de tiempo tan grande como lo sería apelar a que lo haga la derecha: ambas son productivistas, dos caras de la misma moneda. El lobby ecologista no lo ha conseguido y lleva 20 años intentándolo. Los verdes en España lo intentaron primero en IU y luego en Unidos Podemos sin lograr influir en el relato ni en acordar una agenda común como la que propones. No podemos seguir perdiendo tiempo en esa vía cuando ya existe una vía impulsada por la ecología política que tiene asumido el decrecimiento pero que no acaba de despegar: ese es para mi el reto, que haya un espacio político verde en España con capacidad de gobierno. El esfuerzo lobby sería más eficaz, en mi opinión, si se focalizara en esa dirección. Creo que expresamos lo mismo con diferentes palabras: https://estebandemanueljerez.wordpress.com/2018/12/20/os-habeis-quedado-sin-excusas-y-nos-estamos-quedando-sin-tiempo/

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