El ombligo catalán

No sé si merece la pena seguir escribiendo sobre estos temas del nacionalismo y Cataluña,  cuando los problemas reales son los globales. Y no sé tampoco que hago yo hablando tanto de estos temas cuando mis conocimientos de historial, derecho y política son tan limitados y sólo puedo apoyarme en mi lógica …. Pero mi cabeza no pregunta, simplemente se pone a pensar y no me deja otra opción que escribir. Quizá tenga razón, y las naciones siguen siendo los focos de conflicto a los que más tenemos que atender para poder tener sociedades mínimamente resilientes ante la crisis global y sistémica.

Y es que, a un año del 1-O, el tema catalán, ha tomado el rumbo que en mi artículo El Procés catalán frente al colapso castellano veía como la peor opción posible: se ha convertido en una tortuosa y larga agonía que disipa una inmensa cantidad de energía política sin avanzar lo más mínimo. Mientras la crisis energética empeora, el cambio climático se hace evidente y la España rural continúa vaciándose, seguimos derrochando titulares y debates políticos en trifulcas estériles.

¿Existe alguna clave que pueda abrir una rendija en este atasco y nos permita centrarnos en los problemas reales? Quizá peque de optimista, como en tantas ocasiones, pero sigo pensando que el tema catalán tiene salidas positivas si se enfoca desde un punto de vista diferente al actual. Creo que es como uno de esos nudos que una intenta desatar y sólo consigue poner más tirantes porque siempre tira de los mismos cabos, nudos que se suelen desatar con facilidad cuando se presta atención a otros lugares de la cuerda.

Se me ocurre al menos tres cabos que habitualmente son poco atendidos que podemos intentar tocar para desatar este: la identidad unitaria, el convidado de piedra central y el círculo vicioso de la leyenda negra.

La identidad unitaria

Hace unas semanas, asistí a una charla en la Universidad de Valladolid en la que dos catedráticos en Derecho Constitucional (Javier Pérez Royo y Mercé Barceló y Serramalera) criticaban vehementemente la actuación del gobierno en lo relativo a Cataluña y la aplicación del 155. Tanto Mercé como Javier argumentaban que el Tribunal Constitucional siempre ha rechazado el referéndum catalán apoyándose en el artículo 1 del Título Preliminar de la Constitución que establece que la soberanía reside en el pueblo español en su conjunto.

Por ello se me ocurrió preguntar a los ponentes algo que me parecía muy obvio: ¿por qué no se organiza un referéndum que convoque a todo el pueblo español?   La pregunta despertó gran interés entre el público de la sala y a mí me pareció de una lógica aplastante: si la Constitución establece que la soberanía corresponde al conjunto del pueblo español, antes de intentar hacer un referéndum en Cataluña habría que cambiar  la Constitución y reconocer al pueblo catalán como sujeto diferente del pueblo español. Por desgracia, la cuestión despertó muy poco interés en los dos ponentes, que sólo con desgana –después de que otra persona del público les recordase que no habían contestado– terminaron respondiendo que no le veían mucha utilidad a este referéndum previo.

He de reconocer que mis conocimientos de derecho se limitan al conjunto vacío, pero lo veo de una lógica aplastante ¿No es mucho más sencillo hacer un referéndum para cambiar las leyes actuales antes de saltárselas o discutir interminablemente cómo deben ser interpretadas? Podríamos intentar usar la democracia y hacer algo que está muy poco de moda en este país: preguntar al pueblo. ¿Tan complicado es preguntar si el pueblo español quiere cambiar su actual soberanía unitaria por un conjunto de varias soberanías (es decir, reconocerse como un estado federal) y después hacer otro referéndum para ver si estos estados federales desean permanecer unidos o separarse y en qué condiciones?

Pero los nacionalistas catalanes nunca han propuesto preguntar al pueblo español, y la verdad no entiendo por qué. ¿Tan poco confían en él?  Fíjense que la pregunta no es si los españoles quieren que Cataluña se independice (ya que la respuesta a eso, evidentemente, sería no) sino si se desea establecer un marco federal para las relaciones entre territorios, donde la separación pudiera ser una opción legal.

Y es que el pueblo catalán quiere que reconozcan su derecho a decidir en referéndum, pero no se da cuenta de que es incoherente porque olvida un detalle, sutil pero muy importante: está pidiendo que se le reconozca una soberanía que no reconoce a los demás. El nacionalismo catalán no reconoce la identidad española en su actual forma unitaria, por eso no propone un referéndum para deshacerla, ya da por hecho que no existe.  Reconoce, en cierta manera, la identidad gallega, vasca, andaluza o incluso “castellana comunera”, pero no la española en su conjunto.

Pero esa identidad tiene sentido para muchos habitantes de lo que actualmente es España que no tenemos otra identidad nacional y vemos muy absurdo intentar buscar naciones en cosas como Castilla y León, Murcia o Extremadura. Con esto no quiero decir que la identidad nacional española sea inamovible, puede cambiar con la voluntad del pueblo y el devenir de la historia, pero sí es una realidad que ahora mismo no se puede ignorar.

Para cambiar esta identidad unitaria lo más sencillo sería recurrir al federalismo, que establece la soberanía en las regiones/estados y permite que sea  el  pueblo de cada territorio el que decida unirse a la nación.  Esto reconocería el derecho a decidir de catalanes y vascos, pero, curiosamente, ni los nacionalistas vascos ni los catalanes defienden el federalismo. ¿Por qué? ¿No es un poco absurdo? Los nacionalistas sólo  negocian con el estado central, no reconocer al resto de las regiones.

Los asuntos territoriales siempre se han resuelto en negociaciones entre el Gobierno central y cada Comunidad. Ya llevamos muchos siglos haciendo las cosas así: se negocia a dos bandas el poder político (competencias, estatutos), pero también los dineros (inversiones, cupos), todo ello condicionado a los apoyos parlamentarios de turno. Negociar de esta manera asuntos comunes que determinan profundamente el reparto del poder y las inversiones de 17 regiones, sinceramente, me parece demencial y profundamente antidemocrático.

Pero es una costumbre muy arraigada que apenas cuestionamos. En realidad, son los restos de la forma de hacer nación que inventaron los Reyes Católicos y que, después de cinco siglos, todavía no hemos sabido modernizar. España sólo ha tenido dos formas de crear su unidad: o bien mediante la costumbre de los Reyes Católicos de comprar la fidelidad de las regiones adheridas a base de privilegios fiscales, o bien la costumbre borbónica de centralizar el poder en Madrid a base de fusiles.  Ya va siendo hora de que basemos nuestras relaciones en algo un poco más democrático y moderno.

El convidado de piedra “central”

A mayores, existen otras dos dinámicas perniciosas que nos bloquean y no sé si somos conscientes de ellas. La primera es el sentimiento de agravio (no siempre confesado) de las regiones que podemos llamar “centrales” por lo que ven como una falta de equidad en la influencia política y el reparto de fondos entre comunidades autónomas. Esto es muy evidente para las Comunidades Forales y no tanto para Cataluña, aunque en lo político sí se puede decir que el desequilibrio existe.

De alguna forma, el café para todos de Suárez fue un intento de dar respuesta a la aspiración de las regiones centrales de ser tratadas con equidad respecto a las periféricas. A estas alturas, pocos creen que aquello fuese una buena idea: sólo consiguió crear aparatos burocráticos innecesarios, pero se mantuvo la desequilibrada influencia de los partidos nacionalistas como llave del gobierno en Madrid y los restos de privilegios forales.

Yo creo que esa es la razón por la cual el público mostró tanto interés por mi pregunta en la conferencia de Valladolid. Los habitantes de las regiones centrales tenemos la sensación de ser el convidado de piedra del debate nacionalista a quien nunca se invita a hablar y a quien se tiene muy poco respeto.  A esto se suma el poco respeto que nos tienen nuestros propios dirigentes  e incluso nosotros mismos, pero eso daría para otro artículo. Aún así, queremos que se nos tenga en cuenta, cosa que no se hizo al diseñar las Autonomías. Queremos poder decidir sobre nuestra identidad nacional, sobre nuestra relación con Cataluña y sobre el reparto de poder en el Estado.

Porque la independencia catalana no sólo trastoca las relaciones de Cataluña con Madrid, también cambia profundamente nuestra identidad (que actualmente es unitaria para bien y para mal) y cambia nuestras relaciones con los catalanes, que son unos vecinos importantes. Y, si bien Cataluña puede tener el derecho a separarse unilateralmente, a lo que no puede aspirar es a decidir cómo son sus relaciones con sus vecinos sin contar con ellos.

Yo creo que esa es una de las principales razones por las cuales el problema catalán se estanca y choca siempre contra un infranqueable muro de piedra. Cataluña está intentando resolver su problema mirando únicamente su ombligo (si se me permite la expresión, que no quiere ser ofensiva) y España también está intentado resolver el problema mirando hacia el ombligo catalán. Pero el problema no es sólo catalán, el problema tiene la raíz en un mal diseño territorial hispano, en una deficiente democracia hispana y en una desarmada sociedad hispana y, si no sabemos cooperar para resolver los problemas hispanos en su conjunto, los problemas catalanes tampoco van a poder resolverse (y menos de buenas maneras).

El círculo vicioso del “yo me salvo”

La tercera dinámica que creo que nos mantiene atascados es un círculo vicioso en el que caemos tanto catalanes como españoles.  Tiene su origen en un mito muy extendido y se puede resumir como “España es un asco y Cataluña se salva”. Es el típico mito de la leyenda negra que, a pesar de los siglos, todavía sigue generando literatura. Viene a decir que España es un pozo de atraso, corrupción y fascismo, pero Cataluña se salva de todo eso; con lo cual, lo único que tiene que hacer para librarse de sus males es independizarse.

Aunque es evidente que la sociedad catalana tiene muchas virtudes, es bastante absurdo asignar todos los males del planeta a la española e ignorar que la corrupción del franquismo también mantiene sus raíces en las tierras catalanas. Sin embargo, este mito es ampliamente asumido por una buena parte de los catalanes e incluso de los no catalanes, porque gran parte de los españoles también piensa que “España es un asco”… pero no todos. Quienes no lo asumen lo interpretan como un insulto a su identidad (cosa que también es bastante entendible) y reaccionan con ese españolismo zafio, chulesco y violento que hace que el “España es un asco” se convierta en una profecía autocumplida. El españolismo intensifica el rechazo hacia lo español, que vuelve a estimular la actitud de superioridad catalana y genera más españolismo… y volvemos e empezar.

Hacemos muy mal en no prestar más atención a estas tres dinámicas que no son sino síntomas de una falta de respeto mutua que imposibilita la cooperación. Mantener a la España central como un convidado de piedra y fomentar el mito de la leyenda negra,  alimenta y da razones al victimismo del nacionalismo español ultraderechista. Por muy impresentable y violento que sea el nacionalismo español y por mucho que tenga tintes fascistas, es preciso reconocer que en algunos aspectos se basa en situaciones injustas, tiene argumentos que merecen ser escuchados y es normal que pida un poco de respeto hacia su identidad.

Fomentar el nacionalismo español violento y darle razones no es una opción inteligente. Buscar la cooperación puede parecer una estrategia poco rentable para el independentismo, porque es más complicado que los catalanes quieran separarse de una España cooperante. Pero alimentar y dar razones a gente que llega a decir cosas como que se vayan, pero nos quedamos con el territorio catalán, es muy irresponsable.

Cooperación o barbarie

Este inicio del siglo XXI está lleno de puntos de bifurcación: momentos claves en los cuales las decisiones tienen el potencial de conducir a caminos completamente diferentes. En el tema catalán yo creo que estamos ante un claro punto de bifurcación y podemos tomar el rumbo hacia dos escenarios muy diferentes: el estancado-competitivo y el cooperativo-federal.

Al primero de ellos se llega a base de dejar que la situación se pudra y las relaciones entre España y Cataluña se vuelvan peores cada año (esta parece ser la estrategia actual, desgraciadamente). Esto terminará haciendo que la población catalana sea mayoritariamente favorable al independentismo en unas décadas, y, aprovechando algún momento de debilidad, Cataluña podría conseguir unilateralmente su independencia (probablemente con alguna guerra por medio). Esa estrategia tendría dos efectos secundarios bastante indeseables: aumentaría la división y los rencores dentro de la propia sociedad catalana y consolidaría el atascamiento de la política española. España no podría enfrentarse durante décadas a ningún reto, ya que cualquier tensión haría saltar por los aires el polvorín territorial. A mayores, tampoco está asegurado que Cataluña tenga fuerza suficiente para conseguir su independencia por las malas.

El segundo escenario es el de la cooperación y se basa en conseguir que el Estado de las Autonomías avance hacia un modelo federal, desde el cual, se puedan definir cauces para eventuales procesos de independencia o integración. Algunos argumentan que esto es un proceso peligroso—porque supone romper España y se corre el peligro de terminar como Yugoslavia— o absurdo –porque es romperla en cachitos para luego volverla a pegar. Pero, sinceramente, creo que es la única manera de conseguir un estado moderno y superar las deficiencias estructurales que vienen de tan lejos como los Reyes Católicos.

Además, creo que es menos peligroso de lo que se piensa, porque ya hemos tenido suficientes décadas de Autonomías como para saber que aspirar a 17 estados independientes es completamente absurdo. También creo que, incluso en el caso de que algunos estados como Cataluña o Euskadi optasen por no reunificarse, es difícil que se cortasen tajantemente las relaciones. Lo más probable es que se inventase algún tipo de integración, que, al fin y al cabo, terminaría siendo muy similar al estatus actual, pero fruto de procesos democráticos y consultas populares legítimas. En cualquier caso, el proceso de federalización-unión/desunión sería mucho más constructivo que el actual estancamiento dentro de la política oportunista, chapuza, inmoral y represiva que estamos viviendo.

Sinceramente, creo que debemos intentar el camino federal-cooperativo, porque es el camino de la democracia y eso nos conviene a todos/as: desde los partidarios de la independencia más radical a los acérrimos defensores de la unidad de España. Si algo se está haciendo evidente en este siglo, es que los problemas no pueden verse de forma parcial ni solucionarse a base de poner fronteras. Estamos obligados a cooperar porque el mundo se ha hecho muy pequeño y todo lo que hacemos recaen sobre nosotros mismos en muy poco tiempo. Me temo que el problema territorial español nos está pidiendo que aprendamos la misma lección que nos muestran los problemas ecológicos: que sólo podemos solucionarlos utilizando enfoques globales y a base de cooperar.

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6 Respuestas a “El ombligo catalán

  1. En esta ocasión no puedo comulgar con gran parte de lo que expresas, entre otras cosas, porque desatiendes dónde tiene su origen un problema que, como tal, no existía. Todo el desaguiso actual nace con la extemporánea e improcedente intervención del Constitucional una vez la reforma del estatuto de autonomía había sido a) propuesto por el gobierno aútonómico con el respaldo mayoritario de los representantes de la soberanía del pueblo residente en Cataluña; b) revisado y modificado por la cámara representante de la soberanía del pueblo español; c) aprobada la nueva versión por aquellos representante de la soberanía de los residentes en Cataluña; y d) refrendada por una mayoría de dichos residentes en Cataluña. En otras palabras, un procedimiento que gozaba de todas las garantías que nuestro sistema de derecho ampara y que, como bien dices, basa toda su construcción y sostén en el artículo preliminar de la carta magna. Aquella intervención contravino de plano dicho fundamento. A partir de ahí, las propuestas van a adolecer todas ellas de lo mismo porque en lugar de atender a las causas, atiende a los síntomas, un mal que desafotunadamente impregna todo el sistema de creencias en el que nos hallamos insertos.

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    • No hablo, Alberto, del Estatuto catalán porque de eso ya habla todo el mundo, y mi intención es buscar otros puntos de vista. Porque a la vista está que enfocándolo de esa manera estamos bloqueados. No es sólo que Madrid castrara es Estatut, vamos un poco más lejos…¿por qué lo hace?

      Yo creo que lo hace porque Madrid quiere mantener la identidad de nación unitaria y ve que Cataluña, pasito a pasito se va separando. Da un golpe de timón y exige una vuelta al centralismo. Las leyes pueden ser cambiadas si hay un consenso popular en la dirección a tomar, si no, las leyes se convierten en cuartadas que se pueden interpretar según convenga. Aunque el cambio del Estatut era legal, como no encaja con la mentalidad del gobierno de Madrid, ya se busca una forma de ilegalizarlo.

      Por eso digo que tenemos que ir a esas identidaddes y a esos sentimientos tantas veces no confesados que están detrás de las leyes y de la política. No sólo es cuestión de que el pueblo catalán tenga derecho a su autonomía, su indepedencia o a gobernarse con sus leyes, es algo más profundo. Es la identidad ¿quién es el puelbo catalán?¿quién es el pueblo español? Si no vamos a la raiz de la identidad las leyes son papel mojado.

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    • Y es que el reparto del poder en el estado autonómico es una chapuza. El gobierno catalán tiene su soberanía en el pueblo catalán, pero el español en el pueblo español,que incluye al catalán. Luego ¿de quién es la soberania para hacer una nueva ley? Es de ambos, ambos gobiernos/parlamentos se intersectan, no hay atribuciones claras, en cuanto cambias una ley pueden surgir conflictos. No ha habido un estado federado que haya cedido parte de su soberania al central, es mas bien el central el que ha cedido (y ha quitado) el poder a la periferia, y para las cuestiones comunes entre comunidades no hay cauces de negociación, se basa todo en el criterio del estado central. Es un follón, lo raro es que no hayamos tenido antes más problemas con esta rocambolesca forma de repartir el poder.

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  2. Soy un asiduo lector de tu blog Marga. Soy decrecentista, ecologista, de izquierda comunista-libertaria y también independentista republicano. Este es un tema muy complejo que no es nuevo para nada. Respeto tu punto de vista y me mantengo como independentista. También soy del parecer que entre la nacion catalana y la nacion castellana y las otras naciones peninsulares hay que encontrar cauces de cooperación des del respeto y la soberania propia. Aunque parezca imposible creo que una REpública catalana libre seria un buen revulsivo para mejorar las relaciones y la cooperación.

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    • Hola Jordi. Imagino que este post no es cómodo para ningún catalán, pero creo que estos puntos de vista también son necesarios.
      No se puede ignorar todo lo que supone la no-nación castellana o la nación española sólo porque algunos de sus defensores sean completamente impresentables.

      Yo en algún momento llegué a creer también que la independencia catalana podría ser un revulsivo. Pero los hechos han mostrado que no, el independentismo catalán ha multiplicado por 1000 la intolerancia del españolismo. No sólo no ha servido de revulsivo, nos ha echado para atrás, nos ha hecho retroceder 40 años (y yo sigo creyendo que ha sido lo que paró la protesta social nacida en el 15M). Hay que analizar eso y ver qué ha pasado.

      Y creo que una de las claves es lo que digo en este post: también debe haber un respeto hacia el españolismo, en las cosas que merece respeto y tiene razones (aunque tan frecuentemente no las exprese sino que sólo profiera exabruptos). Y desde ese respeto y reconocimiento de ambos, podemos empezar a hacer las cosas.

      Si empezamos no reconociendo al otro (por ambos lados) el ego se dispara hasta el infinito por temor a desaparecer y no hay mas que hablar, solo queda la guerra a muerte (porque el otro está “matando tu ego” luego es como si te matara).

      Es como eso que te dicen siempre los psicólogos: tienes que reconocer primero la realidad por mucho que no te guste, antes de empezar a intentar cambiarla. Y la realidad de España se ha querido ignorar miles de veces. Con eso de llamarla “estado español” por ejemplo, y no ha funcionado. Sigue estando ahí aunque no se nombre. Pues bien: veamosla, igual no es para tanto.

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  3. Recomiendo a tod@s esta fabulosa entrevista a Jose Luis Villacañas, que me ha servido mucho a la hora de escribir este post. Habla de la inmensa necesidad de federalismo que tenemos, de la incapacidad para tener un poder constituyente, del carlismo que está en la base de tantas cosas actuales y del que sabemos tan poco…. Yo sólo le añadiría una cosa a Jose Luis, cuando habla de la precaria situación del campesinado castellano frente al catalan que tiene más derechos: la solución no está en despreciar a ese pueblo castellano cobarde porque se aferra a lo poco que tiene (y apoya a los reaccionarios) sino en levantar a ese campesinado tan oprimido que es cobarde de pura desesperación y porque ha sido muy bien domesticado. Es una metáfora, porque ahora ya no tenemos una sociedad basada en el campesinado, pero la situación es la misma. No es cuestión de machacar al pueblo español porque el catalán quiera no perder sus derechos, sino de levantarle y unirse a él para poder romper el yugo. Y luego….cada uno en su casa y tan amigos…….¡¡¡¡¡pero sólo después de que el yugo se haya roto!!!! nunca antes.

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