A siete años del 15M

Siete años después de aquel 15 de mayo estamos, en muchos aspectos, en el mismo lugar. Con la misma corrupción, los mismos recortes, la misma injusticia, la misma crisis sin resolver… pero más tristes, más envenenados, más cínicos y menos jóvenes (no solo porque hayamos envejecido, sino porque muchos y muchas se fueron).

Quizá lo que nos pasó el 15 de mayo de 2011 es que confundimos el otoño con la primavera. Es algo habitual en estos climas mediterráneos cuando llegan las primeras lluvias después del duro y tórrido verano. Con ellas todo se pone a brotar y vemos unas semanas de tiempo dulce, húmedo y lleno de fragancias. Nuestro primer otoño empezó en mayo de 2011. Fueron meses en los que las flores blancas de las hojas con palabras surgieron de forma maravillosa en las plazas. Vivimos un dulce tiempo de esperanza y encuentro en las calles.

Pero ese otoño siempre dura poco y, con las noches frías, se instaló el segundo tiempo del otoño: el tiempo de la podredumbre, el tiempo de descomponedores. En este segundo otoño las esperanzas de germinar y crecer de las semillas despistadas del primer otoño se truncaron. Fue el tiempo de la división, la borrasca y el conflicto.

Así las flores blancas de las palabras fueron sustituidas por las banderas. Primero vino la tricolor, luego las de los sindicatos en las tormentosas manifestaciones, después la estellada y, contratacando, la rojigualda del “a por ellos”. Las banderas quitaron el espacio a las flores de palabras, sembraron la desunión. Los movimientos agotaron su energía en multitud de controversias y conflictos.  Las iniciativas políticas sufrieron la helada del choque contra los sólidos intereses establecidos y llegaron años de estancamiento, de división, de fango que no dejaba avanzar.

Y ahora hemos llegando al invierno. Por eso estamos acurrucados dentro de casa, intentando que el frío exterior y la mordaza no nos hiele la poca sangre caliente que nos queda. Deprimidos de no ver luz ni esperanza en estos días tan oscuros, impotentes ante las inclemencias de fuera que no vemos forma de combatir. Yo diría, incluso, que, ahora mismo, estamos a principios de noviembre, cerca del Día de Difuntos, cuando los espíritus vuelven de ultratumba y los viejos miedos salen a flote. Los miedos de la guerra, los viejos odios nacionalistas, el viejo egoísmo corrupto y el machismo violento están saliendo de debajo de las alfombras y de los trasteros sin limpiar de la casa. Todavía no se le ve fin al invierno, no hemos pasado el cénit de enero, cuando los zangarrones hacen sonar sus cencerros para despertar a la naturaleza dormida y, a pesar de que todavía quedan los meses más fríos, ya se nota que el sol empieza a crecer.

Pero volverá la primavera. Siempre vuelve. Y todo lo que estamos trabajando en el invierno dentro de casa, casi a escondidas, en ese desesperante e ingrato trabajo de las bases, volverá a salir a la luz y terminará dando fruto. El invierno es el momento en que sale toda la corrupción pero también es cuando la corrupción se limpia y la porquería se transforma en abono para las nuevas semillas. Tenemos mucha porquería en este país…¡a trabajar como buenas bacterias y buenos hongos! Podemos tener, si trabajamos sin pausa, muchísimo abono para la primavera.

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