No estamos todas, faltan las de derechas

En las manifestaciones espontáneas del pasado jueves eché de menos a las señoras con maquillaje y ropa cara, a los hombres con traje y corbata, a los niños y niñas “pijas” que sí estaban en los bares de copas y las terrazas de alrededor mirando.

¿Por qué esta manifestación, en concreto, frente al juicio de “la manada” no ha sido una manifestación transversal donde se encuentren personas de ideologías diversas? ¿Por qué son siempre las mismas personas quienes se manifiestan? ¿Por qué, tampoco, ante los casos de corrupción política, están las personas de derechas organizando multitudinarias manifestaciones a favor de la moralidad de la vida pública, sea la corrupción del partido que sea?

Es comprensible que las manifestaciones contra la reforma laboral, a favor de las pensiones o contra los recortes sean pobladas mayoritariamente por personas de clases populares, las más afectadas por estas políticas. Pero cuando hablamos de valores morales, de justicia y de corrupción política, no debería haber ideologías, no deberíamos tener manifestaciones nutridas únicamente por gentes de izquierda.

En este país existe una clase “manifestante” y otra “no-manifestante”. Parece ya una costumbre eso de que unos salgan a la calle, mientras los otros critican desde la barrera. La clase no-manifestante desprecia las manifestaciones. No escucha las protestas por más masivas y justas que sean porque “son los eternos protestones que deben de protestar por vicio”.

Los valores morales no deberían tener ideologías. El no robarás, no violarás, no levantarás falso testimonio ni mentirás es tan antiguo como la humanidad. No es de izquierdas ni de derechas, es la base de la convivencia, sin la cual no hay sociedad.

Sin embargo, en este país, las tribus son mucho más poderosas que los valores morales. Siempre hay excusas para no salir a la calle a defender aquello en lo que se cree cuando ello implica codearse con los de la tribu contraria. La más utilizada es aquello de que “los otros también lo hacen” (“otros partidos también son corruptos” o “las mujeres también son agresoras”). Esta excusa es absolutamente pueril, es obvio que la única postura ética es defender siempre la moralidad, sea quien sea el culpable.  Pero es una excusa muy adecuada para alimentar el victimismo: si atacan a “mi” partido  es porque “le quieren quitar el poder ilegítimamente”; si se ataca a “mi” género es porque “el otro género está lleno de rencor”. Con ello, el inmoral deja de sentirse culpable y se consigue convertir en víctima. Ser víctima tiene la ventaja de sentirse moralmente superior, porque el objetivo no es ser honesto con la propia conciencia ni ser justo y recto sino, simplemente, sentirse moralmente superior a las personas de la tribu contraria.

Toda la moralidad de nuestra vida pública se reduce a intentar quedar por encima de otros.  Nuestra moral es farisaica, no busca responder ante la propia conciencia sino aparentar. Pero, si queremos salir de este inmenso pozo de corrupción, de desconfianza en las instituciones y de enfrentamiento social generalizado en el que estamos, tenemos que dotarnos de una moral auténtica y hacer una revolución de la ética. Y  son las personas de derechas quienes tienen que empezar a mover ficha en estos momentos. Les toca el turno a ellas. Son ellas las primeras que tienen que demostrar que podemos ser una sociedad y no únicamente un conjunto de tribus en eterna guerra civil las unas contras las otras.

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