¿Por qué nos dejamos robar?

Es difícil entender por qué el pueblo español está soportando tantísimas noticias sobre la corrupción sin echarse a las calles a sacar del poder a un gobierno que, “indiciariamente” lleva años robándole y, a mayores, ha mentido sobre ello. El expresidente socialista francés Nicolas Sarkozy tuvo que retirarse de la política por “sospechas de financiamiento ilegal de una campaña electoral”, mientras Bill Clinton estuvo al borde de ser echado del poder por un asunto irrelevante de su vida privada, simplemente por haber mentido al pueblo norteamericano. ¿Por qué el pueblo español perdona con tanta facilidad que le mientan y le roben mientras el francés y el norteamericano no lo toleran en absoluto?

En más de una ocasión he escuchado a personas que explican esta pasividad argumentando cosas como: “es cierto que son corruptos, pero ¿a quién vas a votar si no? ¿a los de Podemos que tienen esa soberbia encima?”. Este tipo de razonamientos son síntoma de una extraña esquizofrenia colectiva que deberíamos revisar.

Es como si una tuviera que escoger el contratista que va a construir su casa y sabe de uno que engaña sistemáticamente a los clientes, usa materiales defectuosos y tiene los precios más caros del mercado, pero, a pesar de todo, lo contrata porque dice que el resto de los constructores “son unos soberbios, o “tienen malas formas”. Es evidente que en nuestra vida privada no hacemos cosas así. Cuando se trata de contratar a alguien lo primero que valoramos es su honestidad, porque es lo que nos atañe directa y egoístamente; los defectos de su carácter pueden incomodarnos, pero son irrelevantes si cumple la condición más importante: que no nos time.

¿Por qué en la vida política, sin embargo, el pueblo español tolera que le mientan y le roben y desconfía tanto de partidos como Podemos, Equo o Izquierda Unida que hacen de la honestidad su bandera?

Yo creo que todo esto tiene una razón que debemos buscar en nuestra cultura, fuertemente moldeada durante siglos por la religión católica. Y es que, tanto el robo como la mentira, son comportamientos reprobados en todas las religiones, pero la católica permite que casi todos los pecados sean perdonados mediante la confesión. Y digo casi todos porque hay un pecado que no puede ser perdonado, ya que, antes de confesarse, uno debe acudir con humildad ante el clérigo. Quien no reconoce la autoridad de la Iglesia no puede ser perdonado. Por eso hay un pecado que en la cultura católica se considera mucho peor que los demás: la soberbia moral, el hecho de creer que uno no es pecador ni tiene necesidad de perdón.

Esto hace que las actitudes moralizantes despierten mucha desconfianza en España. El que uno sea pecador se comprende, porque el arrepentido es sumiso a la jerarquía, es bueno por ser “honesto” y humilde a la hora de reconocerse pecador. Pero el que se dice honesto y veraz es rechazado inmediatamente por arrogante e hipócrita (¿quién eres tú para creerte libre de pecado?). Quien critica la inmoralidad de otros, o bien es un santo y es humilde hasta el extremo, o bien tiene el peor de los pecados: la soberbia moral. Si no demuestra que es inmaculado, caerá sobre él o ella todo el peso de la opinión pública hasta que deje de dárselas de santo, se calle y reconozca que es pecador como todos. Si, a mayores, no lleva traje ni es cercano a las jerarquías de la Iglesia, las sospechas se ven confirmadas: su pecado de soberbia es imperdonable y se convierte en el mayor de los crímenes, mucho peor que todos los robos, prevaricaciones, falsedades, asesinatos o violaciones. Esto concuerda con el hecho de que, hasta las más mínimas faltas de los políticos de IU y Podemos sean analizadas con lupa; incluso por sus simpatizantes, que les exigen ser modélicos y se ven decepcionados cuando encuentran pequeñas faltas en su carácter.

Hagamos un pequeño ejercicio de reflexión y pensemos, muy seriamente, qué está pasando en este país para que no seamos capaces de tener un gobierno que cumpla las más elementales normas de la ética. ¿Qué hace que no podamos elegir, al menos, políticos que sean un poco menos deshonestos que los actuales, aunque, evidentemente, no podamos aspirar a contar con santos ni almas angelicales?

Debemos ser capaces de encontrar salida a esta fosa séptica en la que se ha convertido la política española. En realidad, a pesar de lo derrotados que nos sentimos en estos momentos,  la corrupción que se está mostrando ahora en los juzgados corresponde a décadas pasadas. En los últimos años se han puesto en marcha iniciativas de profunda regeneración de la vida política española que podemos y debemos seguir cultivando. Sigamos arrojando luz sobre nuestros defectos y nuestros prejuicios. Sigamos cultivando la ética en la política, porque, como decía la iniciativa Parlem-Hablemos, sabemos bien que somos un país mejor que nuestros gobernantes

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