El Proceso Constituyente (un relato de política ficción sin la menor intención de parecerse a la realidad)

Últimamente, me he cansado de intentar intuir  hacia dónde va la realidad española porque hacerlo me hundirme en la más negra de las depresiones. He decidido, en lugar de intentar dilucidar el futuro, inventármelo. Por ejemplo, podriamos empezar diciendo que ….los españoles (y españolas) nos sentimos ahora muy orgullosos de nosotros mismos. Pero no con ese orgullo patriotero de antes de la República, el de los lamentables episodios del “a por ellos”, cuando la bandera española era, fundamentalmente, un palo con el que romper la cabeza al vecino catalán, rojo o vasco.

Y nos sentimos así con razón, porque toda Europa se asombra de que llegáramos a ser capaces de hacer lo que hicimos: revertir el enorme cúmulo de despropósitos que nos colocó al borde la guerra civil en 2018. Ahora estamos satisfechos de lo que hemos conseguido juntos, aunque, paradójicamente, separándonos. Aquello que parecía el fin del mundo y tanta violencia despertaba: la ruptura de España, consiguió, curiosamente, que nos uniéramos para trabajar por un proyecto común y que, ahora, nuestros lazos de solidaridad, buena vecindad y amor entre los pueblos sean más fuertes que nunca, mucho más que cuando pertenecíamos a una sola nación corroída por rencillas y rencores.

Todo empezó cuando Castilla tomó la palabra en el enconado debate nacionalista donde nadie esperaba oír su voz. Un grupo de políticos e intelectuales de la izquierda castellana se juntaron en la vorágine de enero de 2018, en la misma calle donde Isabel y Fernando se casaron hace siglos–también en una época tumultuosa. Si la iniciativa hubiera empezado en Euskadi, Valencia o Galicia habría sido mucho más  combatida, pero viniendo de Valladolid no despertó demasiadas sospechas de ser una peligrosa iniciativa nacionalista.

La idea era sencilla: construir un proceso de convivencia nacional basado en la iniciativa popular. Un proceso extremadamente lento, pese a la urgencia que imperaba en aquellos momentos, un proceso que empezaba desde muy abajo.

Así empezaron las asambleas constituyentes en cada barrio, pueblo y ciudad. Esta vez se tuvo mucho cuidado de imponer una buena disciplina y técnicas de dinamización de grupos que evitaron caer en los errores del 15M. Era frecuente que los votantes del PP se acercaran para boicotear las asambleas pero, curiosamente, cuando se conseguía que hablaran y dijeran  cómo veían el problema, cómo se sentían y qué proponían, terminaban dando el mismo diagnóstico que los demás y soluciones, también, muy similares.

El Proceso debía dar como resultado un marco consensuado por el 80% de los participantes de todos y cada uno d elos territorios  y que involucrara al menos a un 20% de los habitantes, y, aunque, inicialmente, hasta sus promotores lo veían imposible, se consiguió. En el fondo, no era tan difícil porque cada comunidad demandaba cosas diferente. Las comunidades centrales pedían más atención, se quejaban de que siempre se estuviera hablando del dichoso tema nacionalista mientras sus problemas crecían y crecían sin ser atendidos. Cataluña, sin embargo, no deseaba más poder dentro del Estado, sino independencia, que la dejaran en paz. Por otra parte, cuando las elites de Euskadi y Navarra vieron cómo la Confederación les hacía perder influencia en Madrid, su pueblo les recordó que llevaban siglos deseando formar un estado como el que ahora era posible.

El proceso dio como resultado la actual República Española y la Confederación con las Repúblicas Catalana y Vasca, que ahora buscan, también, estrechar lazos con Portugal. Nuestro prestigio en Europa crece y, curiosamente, las relaciones entre nosotros no son menores sino mayores, ya que se tuvo cuidado de crear programas como las becas Goyri, las “erasmus hispanas”  y mecanismos de cooperación interregional que hacen que nuestros chavales, nuestros empresarios y nuestros académicos se conozcan mejor, incluso, que cuando éramos un solo país.

Perdonen lo naif de este este ejercicio de política ficción y la medalla a mi patria chica. Como pueden ver, cualquier parecido de este relato con la realidad es pura coincidencia.

 

 

 

 

 

 

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