Europa y la energía

(También publicado en The Economy Journal)
Hace diez años tuvo lugar un punto de inflexión en la historia moderna al que todavía apenas damos la relevancia que merece: el petróleo nos empezó a abandonar. En el año 2006 apareció el primer síntoma del declive de los combustibles fósiles: el estancamiento de la producción de petróleo convencional. En estos momentos nos encontramos con un barril a menos de 40 dólares (aunque después de cuatro años con un precio por encima de los 100) y es complicado hablar de escasez, pero un análisis a medio plazo no deja lugar a dudas: la producción de petróleo mundial se está estancando y los recursos explotados son de una calidad cada vez peor.

Haciendo un análisis sosegado de los datos es muy difícil no caer en la tentación de ver en ese petróleo que interviene absolutamente en todos los procesos productivos una de las causas más importantes de esta larga y extraña crisis económica. También es difícil no advertir que la situación es especialmente crítica para la Unión Europea, territorio con escasos recursos pero con consumos elevados y estilos de vida derrochadores.

El estancamiento del petróleo convencional es coherente con las teorías del pico del petróleo, que predicen que las curvas de extracción de los hidrocarburos siguen trayectorias en forma de campana: una vez que se ha extraído aproximadamente la mitad de las reservas, la producción se hace más lenta, sin que el uso de tecnologías más eficaces pueda apenas modificar este declive.

Los datos de numerosos países que han alcanzado su cénit y la producción global de los últimos diez años corroboran esta teoría. La producción mundial de todo tipo de petróleos se ha ralentizado en el periodo 2005-2015, con aumentos en torno al 0,6% anual mientras en el periodo 1985-2006 creció a tasas cercanas al 2%. Es reconocido también en los datos oficiales de la Agencia Internacional de la Energía que el petróleo convencional (barato y de fácil extracción) alcanzó su máximo de producción en el año 2006 y los no convencionales (como los extraídos mediante fractura hidráulica o las arenas asfálticas, de peor calidad y enormemente contaminantes) apenas están consiguiendo aumentar ligeramente la producción.

Las predicciones científicas no ofrecen datos muy esperanzadores

Este estancamiento del consumo de petróleo que muestran los datos históricos no se explica por una falta de demanda (debida a una crisis económica, por ejemplo) ya que, si esta fuera la causa, debería apreciarse en todos los combustibles y no se observa un estancamiento similar en el consumo de gas natural y carbón (que han seguido creciendo a buen ritmo: 2,5% y 3%). Tampoco se debe al hecho de que hayan cambiado los patrones de consumo (como el uso del automóvil) ni por sustitución tecnológica (con vehículos eléctricos o ferrocarriles, por ejemplo).

Además, las predicciones científicas no ofrecen datos muy esperanzadores: prácticamente todos los estudios publicados en revistas revisadas por pares coinciden en que antes de 2020 veremos un estancamiento de la producción de todo tipo de petróleos, seguido de un declive que ya será evidente alrededor de 2030. A mayores, las predicciones hablan de declives similares para el gas y el carbón antes de mediados de este siglo (en torno a 2035 para el gas y 2050 para el carbón). A ello se suma la bajada de la tasa de retorno energético, ya que, al explotarse recursos de peor calidad y hacerse la extracción más costosa, una parte de la energía se pierde en la extracción. Algunos autores estiman que, debido a ese motivo, la energía neta que estamos obteniendo del petróleo ya ha empezado a disminuir.

La Unión Europea experimentó en el año 2000 su particular pico del petróleo. En ese año los yacimientos del Mar del Norte empezaron a sufrir un severo declive, de forma que ahora la producción de la UE y Noruega es menos de la mitad de los 6,6 millones de barriles diarios producidos en 2000, mientras la producción de gas natural ha caído un 17% desde el máximo histórico de 2004. Aunque el consumo también se ha reducido en estos años (un 9% para el petróleo y un 13% para el gas) la producción ha caído más rápidamente y la dependencia energética europea se agrava (actualmente importamos el 40% del gas y el 75% del petróleo).

Esto significa que nos encontramos con una Unión Europea cada año más dependiente política y económicamente de los pocos países que todavía mantienen capacidad de exportación (Arabia Saudita, Irán, Irak, Kuwait, Nigeria…). Países que han sido grandes productores como México, Venezuela o Argelia ya han entrado en declive y de los 48 principales productores sólo 11 conservan capacidad para aumentar su producción, 17 mantienen la producción estancada y el resto están en declive.

Ante esta enorme dependencia energética uno se pregunta por qué la UE no reacciona intentando desarrollar energías de otro tipo que nos permitan un grado mayor de autosuficiencia. Las razones para ello son múltiples y podemos hablar de intereses e inercias pero también hay importantes motivos técnicos que hacen que la sustitución no sea fácil y requiera, no sólo un cambio tecnológico, sino también un cambio social y cultural de enorme calado.

Las energías renovables están dando datos interesantes

Las energías renovables están dando rendimientos interesantes, pero tienen el inconveniente de que sólo producen electricidad o calor, mientras el cuello de botella en este momento es la escasez de combustibles líquidos, extraídos prácticamente al 100% de un petróleo que está ya entrando en declive. La energía nuclear tampoco es una opción interesante, no sólo por su peligrosidad, sino porque depende de un uranio que también verá su declive en próximas décadas y, al igual que las renovables, sólo genera electricidad.

No es sencillo sustituir los combustibles líquidos por otro tipo de vectores energéticos (baterías, hidrógeno, etc.) ya que la capacidad de almacenamiento de energía de las gasolinas y gasóleos es muy elevada (las baterías actuales tienen una capacidad 100 veces menor), mientras que combustibles “renovables” como los biocombustibles tienen unos rendimientos nefastos y requieren una ocupación de tierras que está fuera de toda lógica. El resultado de todo ello es que tenemos sustitutos con menores prestaciones y mayor precio que no triunfan en el mercado y, por ello, no se realiza ninguna transición energética: simplemente los consumidores reducen su consumo y la economía se ralentiza.

No es extraño, por ello, que las economías europeas apenas hayan conseguido crecer en los últimos años con un petróleo rondando los 100 dólares el barril. Tampoco es raro que la economía española haya podido respirar en 2015 cuando nuestra factura petrolífera se ha reducido al 1%, después de unos años en los que gastábamos el 4% de nuestro PIB en importar petróleo. Tampoco es extraño que no se esté realizando una fuerte apuesta por las energías renovables: la crisis económica hace disminuir la demanda de electricidad y se produce una pugna entre los diferentes productores por ver quién se queda con un pastel cada día más pequeño; las últimas energías en llegar, que son las renovables, tienen todas las de perder. El resultado es que la crisis energética de hoy, que es la del petróleo, está haciendo que no nos preparemos para la crisis energética de mañana que será la del gas, el carbón, y no invirtamos en las energías renovables del futuro.

Cada día resulta más evidente que la superación del pico del petróleo no va a poder basarse únicamente en una sustitución tecnológica y van a ser necesarias medidas de ahorro y cambios radicales en los patrones de consumo. Medidas como el cambio de la movilidad urbana hacia el transporte público y las bicicletas, la relocalización de las actividades productivas, la eficiencia energética en edificios o la agricultura ecológica tienen potenciales de ahorro muy importantes, pero difícilmente van a implementarse bajo la lógica del mercado. Este tipo de transición energética requeriría ciudadanías muy concienciadas y gobiernos fuertes que fueran capaces de sacrificar los beneficios del corto plazo para la construcción de un modelo energético de futuro. De momento estamos muy lejos de contar con estos dos actores de cambio o incluso de ser conscientes del problema.

La apuesta europea es aún muy insuficiente

Lo único que encontramos en estos momentos es un desesperado intento de explotar los últimos recursos fósiles y controlar militarmente los últimos yacimientos de petróleo del planeta, que, no en vano, se encuentran en el escenario con mayor número de guerras: Oriente Medio. Aunque el precio del petróleo cae, el poder adquisitivo cae todavía más y el consumo se reduce porque cada vez hay menos personas con capacidad para llenar el depósito de su coche. Los datos oficiales hablan de que el crecimiento económico continua, pero lo que observamos alrededor es que las condiciones de trabajo y la calidad de vida se deterioran en todo el planeta y cada vez es más común la sensación de que hemos comenzado la cuesta abajo.

La Unión Europea ha intentado impulsar políticas de fomento de las energías renovables y lucha contra el cambio climático en la Estrategia 20-20-20, pero la apuesta está demostrando ser muy insuficiente. La estrategia propone un 20% de ahorro en el consumo de energía y que un 20% de ésta sea en 2020 de origen renovable, pero incide muy tímidamente en el sector más crítico ante el pico del petróleo: el transporte. Únicamente se propone que un 10% de la energía de este sector sea renovable pero no se contemplan ambiciosas medidas de fomento del transporte público o no motorizado como las que sí aplicaron, por ejemplo, Dinamarca y Holanda en la crisis petrolera de los 80. A mayores, esta estrategia ha fomentado el uso de los biocombustibles que, debido a sus escasos rendimientos, se está realizando a costa de cultivos tropicales con unas consecuencias ambientales y sociales desastrosas en África, Asia y Suramérica. El ahorro en las emisiones de CO2 de estos combustibles es inexistente o negativo y son numerosos los grupos ambientales que están pidiendo a la UE que deje de subvencionarlos.

 

También se ha barajado la posibilidad de explotar el gas de esquisto extraído mediante técnicas de fractura hidráulica, como se ha hecho en EEUU, pero no sólo se ha encontrado que los problemas ambientales en Europa son mucho más graves que en Norteamérica, sino que el fracking está en estos momentos quebrando. Este tipo de recursos no convencionales tiene una extracción muy costosa y requieren unos precios altos que las economías mundiales no son capaces de soportar; ante los altos precios las economías entran en recesión, baja la demanda, y las empresas extractoras quiebran.

La burbuja de fracking nos muestra una realidad que no deberíamos obviar: existe una intimísima relación entre la economía y la energía que las teorías económicas al uso suelen olvidar. El mundo físico-tecnológico de la energía y el mundo social de la economía se imbrican en multitud realimentaciones que pueden hacernos muy difícil salir de esta crisis sistémica si no tenemos suficiente lucidez para ver estas complejas relaciones.

Europa puede liderar una gran transición

Europa tiene la capacidad de liderar una gran transición hacia una economía renovable, y posee algunas cartas muy interesantes en su mano para conseguirlo. Poseemos buenas redes de transporte público y ciudades que podrían moverse mayoritariamente con estos sistemas, el estado social en Europa todavía es capaz de amortiguar los peores golpes de la crisis y aminorar la conflictividad social, tenemos capacidad científica y técnica para desarrollar energías renovables e instituciones para liderar políticas plurinacionales. Pero todas estas fortalezas de Europa no pueden ponerse en marcha si no se consigue que el problema energético cale profundamente en la opinión pública y sea habitual en los debates políticos. Nuestras políticas económicas siguen todavía ligadas a las mentalidades de siglos pasados, siglos en los que estábamos experimentando una realidad energética muy diferente a la actual. Necesitamos una profunda renovación ideológica y cultural. Las ideologías de los últimos tres siglos son las de la cuesta arriba y no van a ser capaces de guiarnos en este siglo XXI en el que estamos empezando la cuesta abajo.

Si queremos una Europa que conserve sus mejores valores de solidaridad y libertad y que no vea sus fronteras abarrotadas de refugiados que huyen de la guerra por los recursos, debemos, primero, construir una Europa que se alimente de su propia energía y no tenga que luchar desesperadamente por las últimas gotas fósiles. Sólo si sabemos cambiar hacia un modelo mucho más austero en el uso de recursos naturales, y basado en energías renovables, seremos capaces de ofrecer una alternativa a este declive que nos está haciendo caer lenta e inconscientemente en la pobreza, la desigualdad, la guerra por los recursos y el autoritarismo.

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