¿Cómo salimos de esta?

Después de las movilizaciones de los años 2011 y 2012 la sociedad española se ha parado ¿Por qué? ¿Qué nos ha pasado? Se pueden buscar explicaciones en la desorganización del movimiento 15M y las sucesivas “mareas” e iniciativas, pero yo creo que las razones principales son otras. Hay un sentimiento que flota en el ambiente y surge a menudo ¿Quién no ha tenido la experiencia de encontrarse a cualquier desconocido en una cafetería que, de repente, se desahoga hablando de la corrupción y la poca vergüenza de políticos y banqueros? A mí me ha pasado varias veces y la conversación terminaba siempre con un “¿y ahora qué hacemos? ¡Porque otra guerra no va a haber!”

Otra guerra no va a haber”… esa idea es, probablemente, una de las principales causas de la parálisis actual. En estos años hemos visto claramente que la solución va mucho más allá de votar cada cuatro años, y también mucho más allá de salir a la calle masivamente. Estamos viendo que necesitamos cambios muy profundos. Cambios que requerirían una nueva democracia, un proceso constituyente a nivel europeo, una república incluso… cambios revolucionarios. Pero no queremos que la revolución nos lleve a experimentar otra guerra civil… y la verdad es que hacemos bien.

Pero tampoco podemos quedarnos parados. Esta impunidad en el robo, esta desfachatez de la política al servicio del negocio de unos pocos está destruyendo la confianza y la ética, los pilares en los que se basa toda sociedad. Necesitamos salir de esta, pero tenemos que hacerlo por caminos nuevos ¿Existen esos caminos nuevos? ¿Existen revoluciones profundas pero pacíficas que podamos emprender?

Otra de las cosas que flota en el ambiente es la sensación de que el pueblo español es mucho más honrado y trabajador que sus gobernantes y se merece algo mejor. Está surgiendo un deseo de ética compartido por una mayoría muy amplia. Buscamos honradez y sostenibilidad, muy hartos ya de especulación, corrupción y burbujas. Y es que se está viendo que la revolución que tenemos pendiente es, en primer lugar, la de la ética. Después ya podrán venir otras, pero sin recuperar la ética y la solidaridad más básicas no podemos ir a ninguna parte.

Una revolución de la ética no puede venir desde arriba. Está claro que no pueden guiarnos quienes nos empujaron al desastre, pero tampoco necesitamos que nos guíe nadie. Cada uno de nosotros posee una brújula interna de ética individual que es la que debe ir conquistando poco a poco la vida política y económica. Además, aunque nos identifiquemos unos como “de derechas” y otros “de izquierda” la gran mayoría estamos de acuerdo en lo básico. Queremos políticos que defiendan los intereses de la gente y no se dejen comprar, empresas que creen una economía real que sirva a las personas y no esté basada en la especulación, servicios públicos bien gestionados y de calidad, empleo, salarios dignos y un medio ambiente sano.

Aunque nos parezca que no podemos hacer nada y estemos sumidos en un desánimo generalizado, tenemos en nuestra mano muchas más herramientas de lo que pensamos para conseguir todas estas cosas. Casi todos nuestros actos cotidianos son actos públicos con los que podemos elegir tener una influencia positiva o negativa sobre la comunidad en la que vivimos. El consumidor que tiene en cuenta las condiciones de fabricación de lo que compra, el votante crítico que pregunta a sus políticos, el que participa en la política de base o quiere saber quién cultiva sus alimentos… Todas las opciones de nuestro día a día pueden ser una oportunidad para expandir la ética individual a la esfera de lo económico y lo político.

Es cierto que todo esto choca contra un escollo: la información. En un mundo dominado por la publicidad como el actual es difícil distinguir el lavado de imagen de la auténtica responsabilidad social. Pero si la información escasea, siempre nos queda el recurso de preguntar. ¿Y si nos atrevemos a preguntar cada uno de nosotros, individual o colectivamente? ¿Y si preguntamos a nuestro banco a cuántas familias ha desahuciado o a cuántas ha facilitado el pago de su hipoteca? ¿Y si preguntamos a los partidos políticos cómo se han financiado, cuántos militantes tiene, quién diseña sus listas electorales o cuántas veces ha organizado foros de debate con los ciudadanos ¿Y si preguntamos a las empresas cuántos impuestos pagan, cuál es la diferencia entre el sueldo de sus directivos y el de sus empleados o cómo hacen nuestra ropa, nuestro coche, nuestros alimentos y hasta qué punto se preocupan de ser responsables con la sociedad y el medio ambiente?

Esta simple estrategia de preguntar es la que sigue la ONG Amnistía Internacional desde hace años. Sus acciones están basadas en miles de cartas de ciudadanos anónimos que, educadamente, preguntan sobre el cumplimiento de los derechos humanos. Y es una estrategia efectiva, como atestiguan los resultados de Amnistía. Porque es posible que muchos no contesten, que contesten con formalidades o que incluso mientan. Es posible que no haya ninguna opción buena y tengamos que elegir la opción menos mala. Es posible incluso que muchos, a la hora de comprar o votar, no tengamos elección. Pero eso no es lo importante. Lo importante es que la pregunta sea hecha y quede testimonio de que esa sensibilidad existe. Lo importante es que se sepa que alguien está mirando, que las inmoralidades no se silencian y que, si surge alguien mejor, el ciudadano le va a dar su respaldo, abandonando a los que hacen de la inmoralidad su hábito.

Gandhi decía que nadie puede esclavizar a un pueblo sin su consentimiento y en gran medida tenía razón. Hemos cometido un error importante como sociedad: abandonar lo público y cultivar un cada uno a lo suyo individualista que nos está pasando factura. También hemos cerrado durante años los ojos ante las barbaridades esperando que, como todos somos un poco canallas, diera lo mismo. Pero ya vemos que no da lo mismo. Cerrar los ojos sólo ha servido para que los más canallas abusen de todos los demás y para que no nos demos cuenta de que la forma más inteligente de buscar nuestro bienestar es comprender que éste pasa necesariamente por el bienestar de los que nos rodean.

Pero lo bueno de ser parte del problema es que también se es parte de la solución. Tenemos que acabar con la penosa sensación de que como individuos no podemos hacer nada porque cualquier cosa que hagamos será destructiva. Necesitamos cambios profundos, cambios radicales, pero radical no es lo mismo que violento. Los cambios de raíz suelen ser los que menos ruido hacen. Tenemos que comenzar una revolución de la ética y debemos hacerlo desde abajo y cada uno de nosotros, solos u organizados, sin necesidad de esperar a líderes. Podemos. Podemos hacer muchas pequeñas cosas y debemos hacerlas ahora, con calma, pero siempre activos.

También publicada en Último Cero. Miércoles, 27 de Noviembre de 2013

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