Mi bandera no es ni roja ni amarilla

Roja, amarilla, violeta, verde, negra, más roja… las banderas salen a las calles estos días. Es normal que la gente tenga necesidad de banderas en estos tiempos difíciles, porque sirven para juntarse a luchar contra las adversidades y tenemos muchas adversidades últimamente. Pero, la verdad… a mí me parece que todas las banderas que ondean estos días son un poco de mentira, son banderas falsas y vacías.

Las banderas de antes eran trapos de colores, pero servían para identificar a las gentes que habitaban un pedazo de tierra con su particular cultura, idioma, industria….Pero ¿qué significado tienen ahora esos colores en esta economía tan global, en esta cultura tan desarraigada y en esta vida tan alejada del terreno? Los trapos de colores se han quedado vacíos y no son más que adornos de las competiciones deportivas, sucedáneos del sentimiento de tribu. Aunque a veces se usan para cosas peores: envoltorios que esconden dentro un adoquín con el que dar en la cabeza a quien es diferente y se sale del rebaño o túnicas de colores con las que los gobernantes deslumbran al pueblo, esconden sus corrupciones y les hacen creer que pertenecen a una nación fuerte.

Quizá por eso mucha gente sustituye los trapos de colores por otro tipo de bandera más chic: las marcas. Ahora uno es de Nike, Loewe, Desigual o de la “marca España” (que hasta las naciones se han convertido en marcas). Banderas, éstas del mundo global, todavía más falsas que los trapos de colores, porque nos hacen creer que son diversas cuando no lo son. Son todas la misma bandera de los dueños del capitalismo global, que tienen la misma ideología, la misma forma de ver la vida y los mismos intereses…cada día más diferentes de los intereses de las personas que viven en cualquier pedazo de tierra, porque sólo son los intereses de la gente que vive en reducidas islas de poder y abundancia por todo el planeta.

El caso es que necesitamos banderas, porque necesitamos juntarnos. Pocos son tan inocentes de pensar que podemos salir de esta crisis a base de que cada uno se atrinchere en su casa con el fusil. Necesitamos respuestas colectivas para crear un nuevo sistema que funcione y las banderas son ese símbolo imprescindible para avanzar porque nos dicen a qué hora hemos quedado y cuál es la ruta a seguir.

¿Qué bandera podríamos proponer? Debe ser una bandera de verdad, porque falsas ya tenemos muchas. Las banderas verdaderas son las que hablan de comunidades, de personas reales y de compromisos entre ellas. Son banderas que hablan de solidaridad y, aunque parezca mentira, si están bien hechas, funcionan; porque, aunque los seres humanos no somos especialmente virtuosos, cuando no tenemos ningún paraíso fiscal al que escapar y tenemos que vivir juntos, terminamos arrimando el hombro.

Esta bandera deberá reflejar que si el negocio del vecino funciona podremos pagar las escuelas, y si la escuela funciona la hija de la vecina será buena política o juez o funcionaria, y sólo así saldrán adelante los negocios que luego pagan los impuestos, que pagan las escuelas. Por eso lo único que necesita nuestra bandera es un espejo donde se reflejen los rostros de todas las personas que formamos una comunidad.

Debería ser un buen espejo para no dejarse seducir por trucos de publicistas que nos hacen ver cercanos y atractivos a quienes, en realidad, pagan sus impuestos en las Islas Mauricio. Debería reflejar bien a todos, en lugar de hacer como las pantallas de televisión, que sacan muy grandes los meritos de los cercanos al poder, muy chiquititos los del pequeño empresario, trabajador, autónomo, madre o voluntario y no sacan nunca los méritos del que critica al poder.

Además, quizá en ese espejo no se reflejase sólo el vecino, probablemente también mostraría a la niña que ha hecho el pantalón que compro, el bosque de donde ha salido la madera para mis muebles y el campesino africano que ha cultivado el cacao de mi chocolate, porque todos ellos están mucho más cerca de mí de lo que parece y lo que les a ellos sucede también termina sucediéndome a mí.

No va a ser fácil coser esta bandera, ni va a ser fácil encontrar el material que nos permita reflejarnos, pero si no tenemos ningún estandarte fiable que seguir en estos tiempos de confusión, podemos intentar probar materiales, sacar hilos y enhebrar agujas. ¿Me ayudas a construir mi bandera? Tiene una gran ventaja: en cuanto te acercas a ella se hace tuya, así que es tuya y es mía y es de todos, pero, además, no pertenece a nadie.

Margarita Mediavilla, julio 2012.

(También en el blog del GEDS)

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